Una buena comedia con Adam Sandler y Jennifer Aniston:
jueves, 14 de abril de 2011
Una esposa de mentira (de Dennis Dugan)
Una buena comedia con Adam Sandler y Jennifer Aniston:
El arca rusa / Padre e hijo (de Alexander Sokurov)
La primera referencia obligada es acerca de su aspecto técnico, pues se trata del primer film en toda la historia del cine íntegramente filmado en una sola toma; es decir que se rodó en los 96 minutos de tiempo real en que transcurre la película, sin un solo corte, sin montaje alguno. Esto supera el ya paradigmático ejemplo de Festín diabólico (o La soga) de Hitchcock, que fue filmada en la que se supone es una toma, aunque en realidad Sir Alfred tuvo que cambiar de rollo varias veces, disimulando los cortes. La tecnología digital ha hecho posible que Sokurov filmara sin cortes y en alta definición: la cámara al hombro mandaba toda la información a un disco rígido con una calidad de imagen muy superior a la del video convencional, y se la transfirió más tarde a un negativo de 35 milímetros.
Pero no es aconsejable distraerse con el virtuosismo técnico del film: El arca rusa es un homenaje al museo del Hermitage de San Petersburgo y a la Rusia zarista. Y constituye además un maravilloso monumento visual que excede todo contenido ideológico o referencia a la tecnología.
El museo del Hermitage ocupa hoy un conjunto arquitectónico compuesto por varios edificios imperiales que incluyen el Teatro Hermitage y el Palacio de Invierno que habitaban los zares en los siglos XVIII y XIX, obra de Pedro el Grande, y donde Catalina II colgó su colección de pinturas en 1764. Allí tuvo lugar la revolución bolchevique de octubre de 1917, allí se soportó durante casi tres años el sitio de los nazis a la ciudad, y hoy es uno de los museos más importantes del mundo. San Petersburgo cumple 300 años y Sokurov le rinde homenaje en este film.
Su cámara entra al museo por una puerta trasera y desde allí, con muy pocos momentos de reposo, recorre pasillos, sube y baja escaleras, atraviesa más de treinta salones, vuelve sobre lo recorrido, todo en un único plano secuencia. Pero el viaje no sólo es espacial, sino que en ese mismo plano recorre los últimos 300 años de la historia de Rusia, que tuvieron en ese Palacio su centro de poder. Como en muchos de sus films, la imagen aparece acompañada por un narrador o una voz en off, la de un personaje de nuestros días preguntándose qué hace en ese lugar, poblado por gran cantidad de personajes vestidos como en épocas pasadas. Nadie parece percibirlo, excepto un hombre cuyo traje denota que no es contemporáneo del resto. Se trata de un noble y diplomático francés, quien se muestra tan sorprendido como el narrador –cuyo punto de vista comparte la cámara, o el mismo Sokurov– de hallarse en esos salones, y de hablar ruso. Esa suerte de Virgilio confundido lo guía por los distintos círculos o salones del Hermitage que conforman este arca rusa, reservorio de las creaciones, del espíritu y la identidad de un país. ¿Se trata de un sueño? ¿Son fantasmas? La cámara-narrador y su interlocutor comparten un recorrido espacio-temporal, mientras cruzan filosos e irónicos diálogos sobre la historia y la mentalidad rusas. Los tesoros artísticos que desfilan ante nuestros ojos son notables: varios Rembrandt, El Greco, Van Dyck, pintura medieval, italiana, la lista es interminable. El viaje temporal no sigue un orden cronológico, sino que las distintas capas del pasado se extienden, se pliegan, se superponen. Vemos en escenas privadas a Pedro el Grande, fundador de la ciudad, a la emperatriz Catalina II la Grande supervisando el ensayo de una obra de teatro, a Nicolás I en una ceremonia diplomática con toda su plana mayor, al último zar, Nicolás II, desayunando en familia mientras afuera estalla la revolución, y estas escenas alternan con momentos del siglo XX y XXI: en una ocasión, los itinerantes acceden a un salón en el que personas actuales, reales, visitan el museo y contemplan sus cuadros mientras el francés dialoga con ellos; en otra oportunidad, atraviesan una puerta prohibida y se encuentran en un exterior helado, donde un carpintero fabrica su propio ataúd, rodeado de ruinas y marcos sin telas (esa fue la época socialista, cuando San Petersburgo se llamaba Leningrado; esa fue la guerra). Los distintos momentos históricos se suceden fluidamente sin orden lógico, a la manera de un sueño, o al modo en que en una misma pared del museo conviven cuadros de épocas diferentes.
Para concretar su proyecto, Sokurov convocó a tres orquestas y más de mil actores y extras que ensayaron durante varios meses con la colaboración de 22 asistentes de dirección, quienes marcaban a cada paso la entrada y salida de los actores, a lo largo del recorrido de la cámara, que en ocasiones vuelve sobre sí misma en giros de 180º grados. Un mecanismo de relojería, que funcionó como tal. El director de fotografía y operador de steadycam es el alemán Tilman Büttner, fotógrafo de Corre Lola corre, otro tour de force camarográfico.
El viaje culmina en 1913, en un baile de gran gala en el que participan cientos de personajes en una coreografía majestuosa, al son de la música de Glinka.
Más allá de lo novedoso de su realización, el interés por El arca rusa radica en que continúa las inquietudes intelectuales de Sokurov. Discípulo declarado de Tarkovski, prosigue en este film las investigaciones sobre las posibilidades de la imagen, que había dado planos tan sorprendentes en Madre e hijo. Por otra parte, Sokurov es un romántico que vuelve a reflexionar sobre la historia de Rusia (estudió Historia en la universidad), como antes en Moloch –sobre el ocaso de Hitler–, Taurus –los últimos días de Lenin y su tensión con Stalin– y en Voces espirituales –crítica de la presencia soviética en Afganistán–. En esta oportunidad, el cineasta no oculta su nostalgia por la época zarista, y su espíritu crítico hacia el período socialista; además cuestiona la dependencia rusa de la cultura europea y reflexiona sobre su lugar de tensión entre Europa y Asia: “los rusos no tienen ideas propias (...) No me gustan los uniformes”, se escucha mientras vemos desfilar cientos de ellos por los salones del Hermitage, denotando la importancia de la oficialidad rusa durante el sistema zarista. El pueblo, mientras tanto, como todo orgánico, está ausente. Cuando salimos del museo, en una maravillosa e hipnótica procesión de cientos de uniformes y damas de la corte que dejan atrás una era que se acaba, y esperamos ver las calles transitadas, es el mar lo que encontramos. En ese mismo Palacio de Invierno, Sergei Eisenstein había filmado Octubre, su tributo a la revolución de 1917. El film de Sokurov se instala en el otro extremo, no sólo en cuanto a las cuestiones de montaje, sino a la posición ideológica: ahí está –entre otros– ese “momento perfecto” en que las hijas del zar corren bellísimas, idealizadas como ninfas, por los pasillos del Palacio. Al director no le preocupan las acusaciones de reaccionario que llueven sobre él.
Otro tema que reitera es su interés por el arte: el recorrido de los museos ya había tenido una primera aproximación en Elegía de un viaje, que culminaba con la visita a un museo de Holanda y fue una suerte de ensayo de El arca rusa.
Y por fin el tratamiento del tiempo, protagonista del film junto con el espacio, continúa las exploraciones temporales que aborda de una u otra manera en toda su obra. El film transmite la sensación que se tiene cuando se entra en cualquiera de los grandes museos de Europa: el pasaje a otra realidad, a un tiempo otro que el presente cotidiano. En lugar de la representación indirecta del tiempo que construye el montaje, todo este film constituye una imagen-tiempo en la que presente y pasado conviven simultáneamente. Se siente el fluir del tiempo en el plano, para usar palabras de Tarkovski. Un tiempo que tal vez nos lleva a una catástrofe. No es casual que la película termine disolviéndose en la imagen del mar rodeando el Arca, mientras el narrador dice resignado: “Estamos destinados a navegar para siempre.”
Carancho (de Pablo Trapero)
Carancho es el retrato de dos perdedores. Sosa, el abogado sin licencia que encarna Ricardo Darín, se define por sus sucios trajines y luce apaleado, molido a golpes; es un tramposo, pero también víctima de las malas jugadas que le lanza el destino y personaje principal de una historia ominosa, renegrida. Buscavidas urbano, es el buitre que se beneficia con el dolor ajeno, el marrullero, el hombre sin atributos que transita por la vía equivocada y siempre a punto de ser arrollado. Pero siendo todo eso, en el fondo es también un iluso: está convencido de que su suerte ya cambió para mejor porque una mujer lo ama y está dispuesta a acompañarlo en sus trapacerías.
Pero esa mujer, Luján, interpretada por Martina Gusmán, no solo es perdedora; también se destruye. Novata doctora de emergencias de un hospital, ella vive de noche, asiste a moribundos y fracturados y es arrastrada por Sosa, el carancho, ave carroñera, en su trayectoria terminal. Es protagonista de un ‘film noir’, pero carece de glamour; es ordinaria, como todos. No tiene el ímpetu de una Verónica Lake, ni la exaltada rapacidad de una Barbara Stanwyck, heroínas del filme criminal de vertiente negra. Exhibe, más bien, las huellas de su decadencia física. Carancho es una película que privilegia superficies, texturas, asperezas y, por eso, muestra en primer plano cicatrices y desgarraduras. El personaje de Darín las lleva en el rostro; ella, en las piernas y el pie, donde oculta sus pinchazos. El oscuro romanticismo de Carancho se sustenta en la atracción que suscitan en la pareja esas huellas y laceraciones.
Carancho es, por eso, una cinta que narra acciones criminales, pero también una historia de amor. Amor visceral, entre víctimas. Pablo Trapero, el director de “Mundo grúa”, “El bonaerense” y “Leonera”, hace su película más oscura y una de las más logradas. Acierta no solo en el retrato individual, sino en la descripción de los lugares, el gran Buenos Aires nocturno y peligroso, y los ambientes, esas oficinas donde se transan arreglos sórdidos entre compañías de seguros, médicos, abogados y caranchos para perjudicar a las víctimas de accidentes de tránsito. Un sistema corrupto se pone en evidencia no a través de la denuncia proclamada o señalada, sino a través de su encarnación en una trama de acción y pasiones fuertes.
Tan fuertes y penetrantes como el tratamiento visual y sonoro de la película, con la presencia de las luces y murmullos de la ciudad enmarcándolo todo. Carancho es una crónica urbana, de colores saturados, sobre todo en las noches, cuando se privilegian los reflejos luminosos sobre las superficies lisas. Mientras más cálidos son los rojos y amarillos que rebotan en la imagen, más densa es la descomposición del mundo que vemos. Las gradaciones cromáticas que van del rojo intenso de los semáforos a los tonos violáceos o amoratados de los rostros golpeados y cortados, marcan la dialéctica de los espacios dramáticos: pasamos de la amplitud nocturna de la ciudad a la estrechez de los lugares donde se pacta y se trampea y de ahí a la proximidad de los planos afectivos, cercanos, a los rostros de personajes entrampados.
Martina Gusmán y Ricardo Darín son el sustento de la película. Imponen sus presencias físicas y corporalidad. Urgidos por el deseo o impulsados por la necesidad de sobrevivir, se mueven como si les dolieran los huesos o les pesaran los cuerpos. Sobre todo Darín, notable actor, tan embotado, interior, trasnochado, ambiguo y estólido como el mejor Robert Mitchum.
Ricardo Bedoya
domingo, 23 de enero de 2011
El escritor fantasma
Los sentimientos de encierro, acoso y paranoia son combustibles en la obra de Roman Polanski. En El escritor oculto están en la base de la trama, impulsan el relato y definen a su personaje central.
Ewan McGregor acepta ser el ‘escritor fantasma’ de la autobiografía de un ex-ministro británico (Pierce Brosnan) acusado de crímenes contra los derechos humanos y residente en Estados Unidos. Viaja hasta la residencia costera del político para iniciar su trabajo y desde el primer momento se convierte en prisionero de un espacio y un lugar. Pero no a la manera opresiva y patológica de Catherine Deneuve en “Repulsión”, del propio Polanski encarnando a “El inquilino”, o acaso de Mia Farrow en “El bebe de Rosemary”, sino de un modo más amable y contemporáneo. Desde su llegada se instala en un régimen de control panóptico, en una residencia de grandes ventanales sobre las dunas del lugar. El ‘escritor fantasma’ es el prisionero de una jaula de cristal. Ahí debe redactar, reescribir y corregir la versión diseñada por un ‘fantasma’ anterior, muerto de modo misterioso.
Lo que sigue es propio de un buen thriller: el protagonista cree ser el motor de una investigación, pero en realidad es objeto de presiones subterráneas, intereses encontrados y tensiones cruzadas que no percibe. Convencido de la visión amplia y transparente garantizada por las ventanas sobre la costa, no se da cuenta de que ellas más bien lo dejan sin abrigo, desprotegido, en un escenario extraterritorial, a merced de los pactos urdidos entre la Casa Blanca y el gobierno de Downing Street durante la guerra de Iraq. Polanski se revela como un alumno aprovechado del Hitchcock de “Intriga internacional”, pero sobre todo del Fritz Lang de “Mientras Nueva York duerme” y “Más allá de la duda”: lo laberíntico y angustioso no nace del abigarramiento formal ni de la profusión de incidentes, sino de la austeridad de los decorados, la geometría de las líneas visuales, la racionalidad de la trama construida. Todo en esta película sigue la pauta de un destino dado, como el camino rastreado por el GPS del auto en una secuencia muy lograda.
Polanski encuentra los signos de lo amenazante, lo reprimido y lo siniestro en los escenarios más cotidianos: una pista de estacionamiento al atardecer, el paisaje de un pueblo costero visto desde un taxi, un hotel sin huéspedes. Pero también lo vislumbra y apunta en la observación del entorno, de los personajes que tratan con el ‘fantasma’: la seductora seguridad de Brosnan (en la mejor actuación de su carrera) oculta trasfondos, así como lo ocultan las mujeres que lo rodean, Olivia Williams y Kim Cattrall. El erotismo del poder y las tensiones entre el ministro y las mujeres forman parte de una trama subterránea, un signo más que el escritor fantasma intuye sin analizar ni comprender del todo. Cuando descubre los vínculos entre las decisiones políticas y los mandatos de la vida privada, es demasiado tarde para todos. “El escritor oculto” es un thriller que anuncia la era de los destapes de Wikileaks.
Otro punto a favor de Polanski: su capacidad para crear un suspenso creciente pero casi impalpable, que no depende ni de giros espectaculares de la trama ni de momentos álgidos, ni de la expectativa de descubrir al final un gran misterio. No estamos ante un relato de Agatha Christie, sometido a la servidumbre del hallazgo del responsable del delito. Lo que importa aquí no es el punto de llegada sino el transcurso y la observación del comportamiento de este ‘fantasma’ que discurre por escenarios cada vez más espectrales, abstractos y laberínticos.
Ricardo Bedoya (fuente: El Comercio, Lima).
sábado, 11 de diciembre de 2010
“EL PLACER DE LOS OJOS”,PROGRAMA ESPECIALIZADO EN EL SÉPTIMO ARTE, CUMPLE UNA DÉCADA
ENTREVISTA. Ricardo Bedoya
El cine desde la pantalla chica
“EL PLACER DE LOS OJOS”, PROGRAMA ESPECIALIZADO EN EL SÉPTIMO ARTE, CUMPLE UNA DÉCADA AL AIRE. UNA EXCELENTE OCASIÓN PARA QUE SU CONDUCTOR HAGA MEMORIA Y ANALICE QUÉ HA SUCEDIDO EN EL CINE PERUANO EN LOSLTIMOS 10 AÑOS.
El tiempo es circular. Y el crítico Ricardo Bedoya se dio cuenta de ello cuando entrevistaba recientemente a Gianfranco Brero por su participación en la película “La vigilia”, de Augusto Tamayo. De pronto, recordó que el actor había sido su primer entrevistado a propósito de su gran papel en “Tinta roja”, de Francisco Lombardi. Y sacó la cuenta: Habían pasado 10 años exactos. La década ininterrumpida que Bedoya cumple desde que Fernando Cáceres, entonces director de Canal 7, le encargara conducir un programa de cine dentro de lo que se había diseñado como la franja cultural del canal, que incluía teatro (con Luis Peirano), literatura (Iván Thays), historia (Javier Protzel), entre otros. A diferencia de los demás, su programa ha sobrevivido en el aire.
¿Cómo se ha transformado el programa en estos 10 años?
Ha habido transformaciones varias. El estilo de los informes fue cambiando también. Al principio eran muy largos, analíticos, ahora son más cortos, nunca exceden un bloque. Creo que la televisión no es un medio en el que se puede ejercer la crítica ni reflexionar. Se puede dar información, una opinión valorativa, pero no se puede sustentar demasiado.
¿Crees que en diez años la oferta cinematográfica en el Perú se ha mantenido igual?
Estamos peor. Hace 10 años recién se iniciaba el sistema de multisalas, concebido para extender el negocio de la exhibición y concentrar la distribución de películas. Es decir, hay más cines pero menos películas. Ha habido una concentración y la oferta se ha limitado.
¿Qué ha cambiado en el cine peruano en una década?
“El placer de los ojos” nace cuando empieza la onda digital. Antes la mayoría de películas se filmaban en 35 mm. Aparece una generación nueva con otra formación, distinta a la de los cineastas mayores. Menos ideológica, más académica, con una apertura a los cines del mundo y la actualidad. Si vemos “Octubre” y pensamos en Kaurismaki o Bresson, no es por la oferta de los cines de Lima, sino por lo que puede verse en DVD. Si Claudia Llosa alude a una directora como Jane Campion, es porque su cine puede verse en DVD. Ese soporte es fundamental para una mirada nueva. Es también una generación consciente de los fondos internacionales de producción, del circuito de festivales, que sabe cómo presentar sus proyectos. Ya no piensan solo en proyectar en nuestras salas, territorios tan difíciles de entrar. Ellos intentan conquistar una multiplicidad de plataformas de exhibición.
¿Eso no ha creado, sin embargo, un divorcio entre cineastas locales y público?
El público masivo va a ver blockbusters. El territorio de las pantallas se dedica cada vez más a los grandes espectáculos. El cine de autor, o como quieras llamarlo, encuentra su propio público en circuitos paralelos. Lo que tienen que hacer los cineastas es prepararse para conocer esos nuevos circuitos.
La ley de cine que nos rige también ha sobrepasado la década de vigencia. ¿Podemos pensar en el desarrollo del cine sin ella?
Sí y no. Es una ley dada cuando existía el sentimiento de pérdida de la anterior, muy importante pero muy proteccionista. Cuando se da, en 1994, lo que hace es depurar todo aquello que sonara a intervención del Estado. Tenía un esqueleto muy elemental, basado en el deber del Estado de fomentar la cultura. Pero lo que la ley hizo fue hacer depender el cine de los fondos públicos, siempre escasos. Nunca funcionó. Además, no creo que los nuevos cineastas le deban a la ley lo que son. Claudia Llosa, por ejemplo, consiguió sus propios fondos de financiación, como lo hizo Josué Méndez. Por más que hayan recibido recursos de Conacine, no son productos de una ley. Son productos de su propia mirada y de su propio sistema de producción. Sin duda, se necesita una ley, no solo como un primer apoyo económico sino como una carta de presentación.
¿Una ley como la que ahora se discute en el Congreso?
Pienso que esa ley que se ha aprobado en comisiones tiene problemas. Es una ley que tiene una serie de disposiciones mercantilistas. El cine peruano, desde 1994, se hipotecó a la posibilidad de que el Estado le diera dinero. Ahora se está arrastrando al negocio de la exhibición y distribución. Creo que ambas cosas deben ser separadas. Si el Ministerio de Cultura tiene la intención de apoyar al cine peruano, debe crear un fondo con sus propios recursos, que no esté amarrado al azar de que el negocio cinematográfico vaya bien o mal o a la voluntad de los distribuidores.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Celda 211 (de Daniel Monzón)
Pero en todos los casos, priman las atmósferas enrarecidas, los ambientes cerrados, la angustia claustral y el relato se consolida en torno a un personaje fuerte, despiadado, un líder que exige lealtades, impone disciplina, ejerce autoridad, arbitra, juzga y sanciona. Puede tener la serenidad de un Burt Lancaster o un Clint Eastwood o la crispación de Neville Brand o de Malamadre, el personaje que encarna Luis Tosar en "Celda 211", del español Daniel Monzón.
Monzón conoce bien la tradición fílmica que representa la vida carcelaria, pero también las del cine negro y social, que suelen ir aparejadas. "Celda 211" cita –algunos dirían que copia y hasta saquea– una película como "Motín en el pabellón 11", pero la aclimata a una época y a un espacio.
Vemos una cárcel española de hoy donde conviven homicidas comunes, funcionarios honestos, policías crueles, autoridades corruptas, narcotraficantes colombianos, presos de ETA, y entre todos ocasionan un desmadre que la administración política, sin escrúpulos, aprovecha para manipular desde fuera y salir bien librada. El sistema cínico y oportunista de un Estado que da la espalda, ignora y hasta elimina a los leales.
Pero esta lectura política no está encarnada en frases, discursos o latiguillos de denuncia, sino en una trama que se va construyendo a partir de episodios pequeños, coincidencias, infortunios, confusiones, apariencias que engañan, y una dinámica que alterna la descripción del caos y el desorden colectivo con la historia de una relación personal, de confianza e intimidad, entre el recluso Malamadre, líder carismático de la revuelta, y el "topo" Juan (Alberto Ammann), funcionario de prisiones que pasa como recluso por afán de supervivencia. Lo mejor de la película está en la descripción de la dependencia que se crea entre el dirigente mesiánico y el funcionario. Sus objetivos son opuestos, pero entre ambos construyen sus propios espacios de poder complementarios y, de paso, administran sus precarias y amenazadas existencias.
Tosar es Malamadre y luce estólido, concentrado, físico; es el prototipo del "duro", lo que incluye el aura de ángel caído que asume por momentos. Su personaje es un eje de la acción y concentra los aciertos de la película. Cuando la trama se aleja de él y de su entorno, se debilita y luce artificial e inconsistente.
Monzón se siente más cómodo filmando el encierro, creando el suspenso de los pequeños incidentes y ambientando espacios sórdidos que multiplicando las líneas narrativas. Por eso, el destino de la esposa embarazada de Juan aparece como un recurso de guion más bien forzado y la intervención de los presos de ETA como una treta para fechar la acción y arraigarla.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Woody Allen cumple 75 años

Hoy el diario El País de Madrid informa que el genial cineasta está de cumpleaños:
El cineasta cumple 75 años con más de 60 películas, una docena de libros y cientos de conciertos de jazz en su haber.
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"Él era tan duro y romántico como la ciudad que amaba. Tras sus gafas de montura negra se agazapaba el vibrante poder sexual de un jaguar. Nueva York era su ciudad y siempre lo sería". Isaac (Woody Allen), en Manhattan.
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Woody Allen nació un 1 de diciembre de hace 75 años en Brooklyn. En la mitad del otoño, su estación favorita para rodar películas por sus cielos nublados y hojas naranjas, por su niebla misteriosa y la luz especial que alumbra Manhattan. Pero no nació con el nombre que todo el mundo conoce. Lo hizo como Allan Stewart Königsberg. No fue hasta 1952, 17 años después, que se transformó en Woody Allen sobre un escenario. Humorista casi desde que llegó al mundo, escritor, universitario de un solo semestre, actor, dramaturgo, adicto al psiquiatra antes de llegar a los 30, músico, director... el legado de Allen en estos tres cuartos de siglo es inconmensurable. En su faceta más conocida, la de cineasta, ha participado hasta la fecha en 60 películas, de las cuales ha dirigido 46. Y pretende seguir con su terapia de una película anual hasta que no pueda más.
"Yo era un niño pasablemente feliz, ¿saben? Me criaron en Brooklyn durante la Segunda Guerra Mundial. Mi analista insiste en que mis recuerdos de infancia son exagerados, pero les juro que me criaron bajo una montaña rusa de Coney Island, en Brooklyn". Alvy Singer (Woody Allen), en Annie Hall.
Inquieto, delgado, bajito (no pasa de 1,65), tímido, con gafas, don Juan de Manhattan, pero, sobretodo, ateo judío poco ortodoxo. Así se ha representado Allen a lo largo de una filmografía que bien podría ser una autobiografía en 35 milímetros. Sobre su infancia, creemos saberlo todo tras ver al pequeño Alvy Singer en Annie Hall, al jovencito Sandy Bates en Recuerdos o al trasto de Joe en Días de Radio aprendiendo sobre la vida en un barrio de clase media baja en Brooklyn. De esta última, el cineasta siempre ha reconocido que todo está inspirado, aunque un poco exagerado a modo de cómic, en su infancia.
Dios mío, este infeliz es patético[....] Si yo tuviera valor para salir a contar mis chistes yo mismo. Alvy Singer (Woody Allen), en Annie Hall (1977).
La carrera humorística de Allen comenzó en los años 50 en los cabarets que luego plasmaría en Broadway Danny Rose y como escritor de chistes para otros cómicos. De ahí pasó a la televisión donde colaboró como guionista y como humorista en programas como el programa de Johnny Carson o el Ed Sullivan Show. En la que se puede considerar su trilogía de películas más memorables, Annie Hall, Manhattan y Hannah y sus hermanas el cómico hace un ejercicio autobiográfico con sendos personajes que se dedican a la escritura y producción de humor.
"Y si llega a decir algo mas sobre Ingmar Bergman le salto de un puñetazo las lentillas de contacto" Isaac Davis (Woody Allen), en Manhattan (1979).
Es en el cine y no en la televisión donde Allen ha depositado siempre su corazón. Desde que tuvo uso de esa razón tan humorístico-analítica tan personal, Allen ha disfrutado con las grandes películas de la historia del cine. De Chaplin a Scorsese pasando por Minelli, Bergman, Wilder, Kurosawa, Fellini o Hitchcock. Allen, miembro de la última gran generación del cine, la de Scorsese, Coppola, Spielberg, Mallick..., ha podido absorber de los maestros en las salas de cine.
Son constantes sus homenajes a los clásicos del cine estadounidense, japonés y europeo. En su obra de teatro y guión de cine Sueños de un seductor, Allen habla directamente en sus ensoñaciones con el Humphrey Bogart de Casablanca. Escenas de Annie Hall, Toma el dinero y corre o Todos dicen I love you le sirven para homenajear a Groucho Marx, su cómico de cabecera. El expresionismo alemán está presente en Sombras y niebla. Como recalca Jorge Fonte en su libro Woody Allen (Cátedra), Manhattan le debe mucho a Vincent Minelli o a Billy Wilder. Y en casi todos sus trabajos, Bergman y Fellini son una constante.
En 1969 Allen rodó su primera película como director, Toma el dinero y corre, una historia de ladrones cómicamente desgraciados rodada a modo de falso documental (formato que repetiría en 1983 con Zelig). Fue un éxito de taquilla que le abrió las puertas en la industria para poder rodar una serie de comedias gamberras como que funcionaron mejor o peor como Bananas (1971), Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar (1972), El dormilón (1973) y La última noche de Boris Grushenko (1975).
Fue en los años 70 del siglo pasado cuando Allen alcanzó la mayoría de edad cinematográfica con Annie Hall (1977), Interiores (1978) y Manhattan (1979). Películas ambientadas en Nueva York, la ciudad que prácticamente no abandonaría como escenarios de sus conversaciones y obsesiones hasta 2006, cuando comenzó su viaje europeo por Inglaterra, Francia y España. Allen consiguió lo que nadie en Hollywood consigue jamás: ser el dueño de sus historias, desde que las concebía anotándolas en un trozo de papel hasta el montaje final, sin interferencias de los estudios o de los productores. Durante su época dorada a lo largo de los 70, 80 y 90 rodó también, entre otras, Broadway Danny Rose (1984), La rosa púrpura del Cairo (1985), Hannah y sus hermanas (1986), Días de radio (1987), Delitos y faltas (1989), Misterioso asesinato en Maniatan (1993), Poderosa Afrodita (1995) o Desmontando a Harry (1997).
Mi psicoanalista me advirtió que no saliera contigo, pero eras tan guapa que cambié de psicoanalista. Isaac Davis (Woody Allen), en Manhattan.
En todas estas obras los temas fetiche de Allen aparecen sin descanso: las mujeres, las relaciones (siempre trabajó con sus parejas que eran actrices: Diane Keaton, Mia Farrow, Louise Lasser...), las infidelidades, el poder de la conversación, la muerte, la religión judía, el cine, el jazz, la magia, el psicoanálisis y el sexo. Allen cumple hoy 75 años. Y ya estamos esperando su próximo trabajo, que llegará en 2011: Medianoche en París, con presencia de Carla Bruni - Sarkozy incluida.
Especial en Eskup: 75 años de Woody Allen Videogalería: Entrevista en el canal TCM
Más información (fuente: diario El País de Madrid):
Personaje: Woody Allen
Encuesta: ¿Cuál es tu película favorita de Woody Allen?
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Video: Woody Allen. Relaciones
Video: Entrevista con Woody Allen
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Videogaleria: Entrevista a Woody Allen