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jueves, 5 de enero de 2012

La ventana (de Carlos Sorín)


Carlos Sorín: "Me interesé en la vida de Chejov"


El realizador de Historias mínimas presenta hoy en Toronto su nuevo filme, La ventana, inspirado en las últimas horas de vida del escritor. Aquí explica la génesis de un proyecto que lo toca en lo personal.

Este festival se caracteriza -entre tantas otras cosas, como incluir películas con estrellas de Hollywood y un cine más decididamente de autor- en presentar premieres mundiales. Y una de ellas es argentina. Además de las otras seis películas nacionales, que se ofrecen en distintas secciones, esta noche Carlos Sorín estará presente en la primera proyección internacional de La ventana, su nueva realización, que no irá a competir a ningún otro festival por el momento.

El director de La película del Rey e Historias mínimas llegó ayer mismo desde Buenos Aires, bien temprano por la mañana y al mediodía atendió a Clarín. Conocido por su sentido del humor, habló de su filme, aunque confesó que nunca lo vio terminado, así que lo "descubrirá" junto con el público.

La trama de la película es tan sencilla que "es casi inexistente, te podría decir que se evapora con sólo contarla", sonríe. Antonio es un hombre de 86 años que ha tenido un incidente cardíaco y espera a su hijo que, informado, regresa de Europa. Esas doce horas de espera, del amanecer al atardecer, es lo que se cuenta en la película. También es sobre el tiempo, sobre el fluir del tiempo, "y me hubiese gustado titularla Las horas, pero existe el filme de Stephen Daldry con ese nombre..."



¿Cuál es el origen de la historia que contás en "La ventana"?

Creo que se unieron varias cosas. Por un lado, mi antigua afición por Chejov, que revivió en el último año. Aparte de releer buena parte de sus cuentos, me interesé en su vida y busqué durante semanas un ejemplar en castellano de la que seguramente es la mejor biografía del escritor: La dramática vida de Anton Chejov, de Irene Nemirovsky. La encontré por internet. La descripción de las últimas horas de vida del escritor en un hotel del balneario de Badenweiler despidiéndose de su esposa y su médico con un brindis con champagne es realmente conmovedora. Tanto como el cuento de Raymond Carver, Tres rosas amarillas, en el que relata minuciosamente el mismo episodio. Esas lecturas estuvieron presentes en la génesis del proyecto.

Pero también hubo un hecho singular que cimbronó en el interior de Sorín: el año pasado falleció su padre. "Y aunque uno sepa que lo natural es que los padres mueran antes que los hijos, nunca termina de acostumbrarse a un hecho así, y también debe haber influido", concede.



¿Como se te ocurrió pensar en Antonio Larreta como protagonista?

Fue una idea de mi socio productor, José María Morales, que está haciendo un filme sobre la vida de Artigas basado en un guión de Antonio "Taco" Larreta. Siguiendo mi secuela de actores "no actores", yo quería un escritor para hacer el personaje que también es escritor. Hay una forma de hablar, de manejar la palabra, que es exclusiva de un escritor. ¿Quién no recuerda la forma de decir de Borges o Neruda? Tienen una musicalidad muy especial. Bueno, yo quería que de alguna manera eso estuviese en la película. Por otro lado también quería que tuviese 85, 86 años. La fragilidad de esa edad no la quería actuada, quería que fuese de verdad. De cualquier forma, "Taco" Larreta algo actuó, porque aunque realmente tiene 85, está en muchas mejores condiciones que el personaje. Y está la mirada, esa mirada inteligente que "Taco" no la actúa, la tiene.



¿Y como lo convenciste?

Viajé a Montevideo bastante nervioso, pero me encontré con que "Taco" estaba tanto o más nervioso que yo. Quería hacer el personaje, pero pensaba que no era la persona indicada. "Yo como actor soy antiguo", me decía, "soy un viejo actor uruguayo y no te voy a servir". Ahora que ya está hecha pienso que está muy bien en la película, realmente. En el elenco también está Arturo Goetz e hicieron una participación especial Carla Peterson y Luis Luque.

Sorín fue a filmar hacia el Sur, aunque no a la Patagonia. "No volví a la Patagonia -confirma-, pero filmé cerca de Bahia Blanca, cerca de Sierra de la Ventana y del límite con La Pampa. Algunos dicen que por ahí empieza la Patagonia, pero el paisaje es menos ríspido y mas bucólico."



¿Con que expectativas llegás a Toronto?

Más que expectativas llego con temores. No vi la película. La edité por un lado, trabajé el sonido por otro, pero nunca vi como funciona todo junto y en pantalla grande. La copia en 35mm. salió de Madrid y llegó a Toronto. Yo no fui a España y las únicas opiniones de gente que la vio son de las de mis socios y del director de fotografía. Nunca me pasó esto. Siempre llegué a los festivales con algunas pruebas previas con público. Ahora no. En fin, los whiskies que suelo tomarme después de la proyección me los tomaré antes...

No es la primera vez que Sorin viene con una película a Toronto. Bueno, es la segunda. "Vine con El perro y fue un éxito de ventas aquí totalmente desmedido. No creo que con esta peli repita".



Hablabas de los "no actores" que solías elegir. ¿Que balance podes hacer, qué es lo mas positivo y qué lo que no te convence de trabajar con ellos?

No tengo una opinión formada. Por un lado trabajar con "no actores" es muy limitante en el trabajo en profundidad del personaje, además de trabajoso, agotador. Y azaroso: nunca sabes cómo va a salir. Trabajando con actores podés pisar más sobre seguro, construir mas. Pero por otro lado extrañás lo imprevisto, una cierta frescura que puede salir de algo no programado, de lo "accidental". No sé qué es lo mas adecuado. Supongo que depende del tipo de película que uno quiere hacer.

Sorín viene de Buenos Aires, pero estuvo en Bogotá pocos días antes de partir. "Fui a evaluar y elegir los guiones que debían ser premiados con las ayudas que da la Dirección de Cinematografía del Ministerio de Cultura. Fueron unos días muy intensos. Hay mucho entusiasmo en Colombia con el cine. Da la sensación de que el cine colombiano está próximo a un despegue. Ojalá se dé."


Con "La ventana", ¿sentís que cerrás, al menos momentáneamente, un tipo de realizaciones, que arrancó con "Historias mínimas"?

A La ventana la veo distinta a Historias... y su saga. Es una película más construida, al menos en lo que se refiere a la imagen. Por eso filmé en 35mm., por la posibilidad de tener una imagen mas elaborada. También me parece que es una película un poco más ríspida, menos gratificante. Es también algo más ambigua, dando tiempo al espectador para que complete las cosas en su mente. De cualquier manera no estoy aun en condiciones de evaluarla. Esta noche, después de la proyección quizá tenga una idea mas próxima a la realidad.


viernes, 5 de agosto de 2011

Un cuento chino... o tantas veces Darín



Ayer vi Un cuento chino, una gran tragicomedia argentina, donde Darín ratifica su consabida calidad. "La vida es un gran sinsentido, un absurdo", dice el personaje principal que precisamente colecciona noticias increíbles, absurdas (afición que prolongó del padre).
-¿Cómo te trata la vida, querido?
-Como el culo.
Otro gol del cine argentino. Acá la crónica de Carlos Boyero.

UNA SOLEDAD CON ALMA

Si exceptuamos unos ojos poderosamente expresivos, no existe nada excepcional en el físico de Ricardo Darín. Pero su credibilidad y su campo magnético son inagotables en una galería muy variada de gente. Ha demostrado un instinto notable para elegir guiones con cuerpo y alma, pero incluso cuando se ha equivocado y todo es naufragio en determinadas películas, cuando está obligado a decir y hacer cosas que rezuman falsedad pretenciosa, él se las ingenia para otorgar algún momento de verdad a sus personajes. Y, por supuesto, posee el imán que caracteriza a determinadas personalidades, la cámara lo quiere y contagia ese amor al espectador. De entrada, siempre apetece ver una película protagonizada por él. Y te puede derretir con su enorme talento cuando se pone al servicio de una historia que merece la pena ser contada y un director en estado de gracia, algo transparente en su inmemorable canalla de Nueve reinas y en el lirismo dolorido de El secreto de sus ojos.

Darín puede dar vida a tipos muy variados, a los sentimientos más complejos, a la turbiedad y lo cristalino, la derrota y la supervivencia, la anormalidad y la normalidad sin dejar de ser él mismo. Es de esos actores superdotados y con algo especial que aparecen muy de vez en cuando en cinematografías fuera del Imperio. Javier Bardem también pertenece a esa raza. Lo extraño en el caso de Darín es que siga trabajando en Argentina, que el cine estadounidense no haya importado a precio de oro una personalidad como la suya.

Un cuento chino, dirigida por Sebastián Borensztein, es una película más amable que agria, digna y creíble, un cuento con origen triste que se empeña en hacer reales conceptos tan anticuados como la compasión y la solidaridad, el retrato de una soledad elegida que no se ha enquistado en la indiferencia ni en el egoísmo. Sus protagonistas son un chino desolado por esos accidentes absurdos que machacan la existencia, esas pérdidas afectivas que despojan de sentido al presente y al futuro, aislado y sin un peso en un país y un idioma que desconoce, y un ferretero solitario y disciplinadamente maniático, coleccionista de noticias extrañas que aparecen en los periódicos de cualquier parte, alguien que a pesar de sus imborrables traumas y sus permanentes fantasmas no ha perdido el sentido de la justicia ni la indignación moral, dispuesto a soltarle un cabezazo a la autoridad irrespetuosa y abusona, al proveedor que intenta estafarle mínima y cotidianamente en los negocios acordados, al cliente rompe-pelotas y melifluo.

La casual, surrealista y protectora relación que establecen a base de gestos, equívocos e intuiciones estos seres a la intemperie, aunque la del chino sea absoluta y la del ferretero disfrute de un refugio tan acorazado como patético, está bien contada. Igualmente, tiene mucho mérito por parte del director la creación de una atmósfera peculiar describiendo la desesperanzada vida y los rituales fijos de ese perdedor introvertido, cascarrabias con causa, secretamente tierno, generoso a su pesar, incapaz de dejar abandonado a su trágica suerte a un paria que va a alterar su sagrada intimidad.

No es una película retórica ni sensiblera, aunque el tema se prestara a ello. Tal vez le sobre el previsible desenlace a este cuento tierno, pero no está mal pensar que los desamparados afectivos pueden encontrar alguna vez un lugar en el sol. No suele ocurrir en la vida real, pero las ficciones se pueden permitir esa esperanza. Además, la taquilla siempre se lo agradece. Pero, sobre todo, está la interpretación de Ricardo Darín. Te hace comprender, respetar y querer a ese misántropo que no ha perdido el corazón.

jueves, 14 de abril de 2011

Carancho (de Pablo Trapero)

Carancho es el retrato de dos perdedores. Sosa, el abogado sin licencia que encarna Ricardo Darín, se define por sus sucios trajines y luce apaleado, molido a golpes; es un tramposo, pero también víctima de las malas jugadas que le lanza el destino y personaje principal de una historia ominosa, renegrida. Buscavidas urbano, es el buitre que se beneficia con el dolor ajeno, el marrullero, el hombre sin atributos que transita por la vía equivocada y siempre a punto de ser arrollado. Pero siendo todo eso, en el fondo es también un iluso: está convencido de que su suerte ya cambió para mejor porque una mujer lo ama y está dispuesta a acompañarlo en sus trapacerías.

Pero esa mujer, Luján, interpretada por Martina Gusmán, no solo es perdedora; también se destruye. Novata doctora de emergencias de un hospital, ella vive de noche, asiste a moribundos y fracturados y es arrastrada por Sosa, el carancho, ave carroñera, en su trayectoria terminal. Es protagonista de un ‘film noir’, pero carece de glamour; es ordinaria, como todos. No tiene el ímpetu de una Verónica Lake, ni la exaltada rapacidad de una Barbara Stanwyck, heroínas del filme criminal de vertiente negra. Exhibe, más bien, las huellas de su decadencia física. Carancho es una película que privilegia superficies, texturas, asperezas y, por eso, muestra en primer plano cicatrices y desgarraduras. El personaje de Darín las lleva en el rostro; ella, en las piernas y el pie, donde oculta sus pinchazos. El oscuro romanticismo de Carancho se sustenta en la atracción que suscitan en la pareja esas huellas y laceraciones.

Carancho es, por eso, una cinta que narra acciones criminales, pero también una historia de amor. Amor visceral, entre víctimas. Pablo Trapero, el director de “Mundo grúa”, “El bonaerense” y “Leonera”, hace su película más oscura y una de las más logradas. Acierta no solo en el retrato individual, sino en la descripción de los lugares, el gran Buenos Aires nocturno y peligroso, y los ambientes, esas oficinas donde se transan arreglos sórdidos entre compañías de seguros, médicos, abogados y caranchos para perjudicar a las víctimas de accidentes de tránsito. Un sistema corrupto se pone en evidencia no a través de la denuncia proclamada o señalada, sino a través de su encarnación en una trama de acción y pasiones fuertes.

Tan fuertes y penetrantes como el tratamiento visual y sonoro de la película, con la presencia de las luces y murmullos de la ciudad enmarcándolo todo. Carancho es una crónica urbana, de colores saturados, sobre todo en las noches, cuando se privilegian los reflejos luminosos sobre las superficies lisas. Mientras más cálidos son los rojos y amarillos que rebotan en la imagen, más densa es la descomposición del mundo que vemos. Las gradaciones cromáticas que van del rojo intenso de los semáforos a los tonos violáceos o amoratados de los rostros golpeados y cortados, marcan la dialéctica de los espacios dramáticos: pasamos de la amplitud nocturna de la ciudad a la estrechez de los lugares donde se pacta y se trampea y de ahí a la proximidad de los planos afectivos, cercanos, a los rostros de personajes entrampados.

Martina Gusmán y Ricardo Darín son el sustento de la película. Imponen sus presencias físicas y corporalidad. Urgidos por el deseo o impulsados por la necesidad de sobrevivir, se mueven como si les dolieran los huesos o les pesaran los cuerpos. Sobre todo Darín, notable actor, tan embotado, interior, trasnochado, ambiguo y estólido como el mejor Robert Mitchum.

Ricardo Bedoya

domingo, 24 de octubre de 2010

Carancho (de Pablo Trapero)



"Carancho" es el "Detour" de Pablo Trapero. Desde el inicio, al ver las fotos de un accidente automovilístico, sabemos que ese personaje apaleado que yace sobre la pista lleva las de perder. Que no existe atajo que le evite pasarla mal y terminar peor porque va en rumbo fijo de colisión. El abogado de licencia cancelada que encarna Ricardo Darín es el outsider típico del cine negro, el hombre sin atributos sentenciado por el destino. Cree que su suerte ha cambiado porque encuentra una mujer que empieza a amarlo y que lo sigue en todos sus tropiezos, pero se equivoca.

Martina Gusmán es la doctora de emergencias que se topa con Darín y se ve arrastrada por su sino. Ella no es una traidora "mantis religiosa" como suelen serlo las mujeres del cine negro, sino otra apaleada, igual que Darín. Sólo los diferencia el lugar del cuerpo donde llevan las cicatrices. Darín las exhibe en el rostro; ella en la parte baja de la pierna y el pie, donde esconde sus pinchazos. Por eso, "Carancho" es una película de amor antes que de crímenes. Mejor, es de amor y de crímenes, porque aquí todo se mezcla en un clima de confusión turbia, corrupción general y pesadilla compartida por la pareja. Son amantes perdedores, víctimas antes que ejecutores. Al ver a Martina Gusmán encerrada en un baño para inyectarse no pude dejar de recordar a la Piper Laurie de "El audaz" ("The Hustler"), encarnación cabal del personaje que se destruye por frustración e incapacidad de hacer reconocer su talento.

"Carancho" es violenta y nocturna, de colores vivos y cálidos, llena de luces rojas o amarillas reflejadas sobre vidrios y superficies lisas, para dar el clima de noches intensas y saturadas (es el lado "Taxi Driver" de "Carancho") y de espacios ceñidos, con planos cercanos de rostros cortados, amoratados, sanguinolentos. Darín recibe más golpes que el Cristo de Mel Gibson, pero en ese ensañamiento no hay complacencia: es la consecuencia lógica de estar entrampado. Pablo Trapero es un cineasta de temperamento, que sabe filmar por igual la sordidez, la descomposición, la crispación de la violencia, el desahogo amoroso, la tensión y el relajamiento. En su obra, "Carancho" está al nivel de "Mundo grúa" y "El bonaerense", sus mejores películas.

Ricardo Bedoya

lunes, 16 de agosto de 2010

Leonera (de Pablo Trapero)


Julia amanece en su departamento, rodeada de los cuerpos ensangrentados de Ramiro y Nahuel. Ramiro aún vive; Nahuel ha muerto. Ambos, de un modo confuso y simultáneo, han sido sus amantes. Julia está embarazada de uno de ellos. Julia es enviada a una unidad penitenciaria, donde se alojan a las reclusas madres y embarazadas.

Allí, pasa los días iniciales abstraída y ajena. Dos personajes se incorporan a su vida. Uno es Marta, una compañera de reclusión que ya ha criado a dos hijos dentro de la cárcel y que se convierte en guía y consejera; el otro es Sofía, su propia madre, un personaje ambiguo con el que Julia se reencuentra después de muchos años. Sofía trata de reparar los errores del pasado, ayuda a su hija, le contrata un buen abogado, le lleva ropa para el bebé, y de a pocos restablece una relación con Julia.

La causa judicial por la muerte de Nahuel tiene dos posibles culpables: Julia y Ramiro, ambos recluidos en distintas unidades penitenciarias. Sus testimonios se oponen, el uno incriminando al otro.
El hijo nace, se llama Tomás. La crianza en la cárcel es difícil. Sin embargo, Julia comienza a sentirse madre casi sin quererlo. Comprende que lo único que le importa es la nueva criatura que ahora la acompaña, que no hay para ella más en la vida que ese niño. Julia decide visitar a Ramiro a la unidad masculina donde este es retenido. Los hecho de aquella noche son confusos para ambos, al igual que sus sentimientos.

http://www.leoneralapelicula.com/

jueves, 29 de julio de 2010

El juego de la silla (de Ana Katz)


Una reseña de Yvonne Yolis sacada de www.cineismo.com

El juego de la silla es, básicamente, una familia. Cuando la directora pensó en esta historia, no tenía en claro la estructura, los conflictos, la puesta en escena ni el final. Tenía en mente a un grupo de personas frente a una situación muy concreta: Víctor vive en el extranjero y está de paso, por un día, para visitar a su mamá y a sus hermanos. Todos están muy ansiosos por su llegada y esperan compartir con él los rituales del pasado y el afecto acumulado por largo tiempo. Los Lujine –que de ellos se trata– fueron lo primero que surgió; después se convirtieron en una película y en una obra de teatro, alternadamente (primero se rodó, luego se montó la obra teatral durante un año, y por último se editó y terminó el film).

A partir de la lograda caracterización de cada uno de los personajes, de la premisa de la reunión familiar preparada para el hermano mayor y acotando los tiempos y el espacio a un solo día y lugar, Ana Katz desarrolla una comedia de situaciones en la que el humor se cuela a través de la pausada observación de lo cotidiano. Las secuencias se van sucediendo y el concepto es siempre el mismo: lo habitual y, aparentemente, más normal del mundo (un diálogo, una comida, un juego) comienza a coquetear con la locura y se tiñe de patetismo. Es el patetismo de lo cotidiano puesto en escena; lo cercano y conocido que se vuelve siniestro visto con otros ojos.

La narración trabaja sobre esa delgada línea entre la “normalidad” y la “locura”. Va y viene entre la identificación del espectador con los personajes –cualquiera estuvo en una escena similar– y la vergüenza ajena que produce la exposición de las miserias, la estupidez o la verdad inconfesable. Todo esto produce risas, pero, sobre todo, una tensión insoportable. El montaje lento, la puesta en escena algo teatral, la seriedad con que se toman los Lujine cada uno de los ritos (muchas veces absurdos o ridículos) que llevan a cabo, terminan de definir el tono y refuerzan la sensación de que en cualquier momento algo va a explotar.

El film abre con un avión que está por aterrizar y empieza a presentar a cada uno de los personajes. Además de describirlos y de dar pistas sobre lo que está por ocurrir, el relato hace saber que los roles están bien definidos en la familia: cada cual cumple con un papel inamovible. Andrés (Nicolás Tacconi) es rebelde, despreocupado, desordenado y algo “vago”. Laura (Ana Katz) es un poco tonta, ingenua, insegura, muy “nena” para la edad que tiene. Lucía (Luciana Lifschitz) es la hermana menor, llena de entusiasmo y gracia. Silvia (Verónica Moreno), la ex novia de Víctor, es amiga de la familia, callada y tímida, tiene la ilusión de que él la siga queriendo. Nélida (Raquel Bank) es la jefa del hogar y es quien digita los pasos a seguir durante el día de agasajos a Víctor (Diego De Paula). Sus deseos son órdenes; no se le puede decir que no a una madre...

Durante el único día juntos, los Lujine comparten una cena y charlan –frase hecha tras frase hecha– sobre el clima o el tango en Europa. Víctor debe recordar (y cantar) su canción preferida y mirar los videos de su infancia. Laura le dedica varios dibujos y –contra la voluntad de todos– desafina una balada con su guitarra. Lucía realiza una coreografía con música latina a todo volumen. Andrés despliega un elemental inglés para dialogar con su hermano y complacer, una vez más, a mamita. Así, entre éstas y otras situaciones similares, más que un gran conflicto, El juego de la silla va sumando pequeñas tensiones.

El clima festivo que debía tener el reencuentro de los Lujine choca con la decepción, la bronca y el dolor cuando las horas no alcanzan, el amor los desborda, las cosas no salen como lo planearon y los juegos se convierten en algo más que eso. Justamente, el juego (que da nombre al film) de correr alrededor de la silla hasta que queda un solo ganador condensa todo el sentido contenido en el film y, cuando estalla, desencadena mucho más que el final de la película.

sábado, 9 de enero de 2010

El secreto de sus ojos (de Juan José Campanella)


–Ya no sólo te escapás para mamarte, ¿ahora también te robás las pruebas?
– Ya está todo bajo control, Benjamín.
– Mirá si a Irene se le ocurre leer el expediente?
–¡Suelte, Carajo!
–¿Qué está haciendo, se volvió loco?
–Sentate vos un segundo. Sentate y relajate. ¿Sabés por qué no lo podemos encontrar, Benjamín? Porque somos dos boludos. Mirá: 12 cartas, 31 folios, 5 trabajos... No, esto ya te lo leí.
–Vámonos.
–No. No paré de pensar un segundo.La cabeza me explota, Benjamín. Yo me puse a preguntar. ¿Cómo es posible que no lo podamos encontrar a este tipo? Siempre se nos hace humo. ¿Dónde está? Y se me ocurrió pensar en los tipos, pero en todos los tipos, no en este tipo en especial, sino...
–"Los tipos", sí.
–Eh, ahí está. En "el Tipo"... El tipo puede hacer cualquier cosa para ser distinto, pero hay una cosa que no puede cambiar, ni él, ni vos, ni yo, nadie. Mirame a mí. Soy un tipo jóven, tengo un buen laburo, una mina que me quiere y como decís vos, me sigo cagando la vida viniendo a tugurios como este. Más de una vez me dijiste: “¿Por qué estás ahí, Pablo? ¿Qué hacés ahí?” ¿Y sabés por qué estoy, Benjamín? Porque me apasiona. Me gusta venir acá, ponerme en pedo, cagarme a trompadas si alguien me hincha las pelotas. Me gusta. Y vos lo mismo, Benjamín. Vos no podés, no hay manera de que te puedas sacar de la cabeza a Irene... Y la mina tiene más ganas de casarse que Susanita.Debe tener más de 37 revistas de trajes de novia arriba del escritorio. Se comprometió con fiesta y todo, pero vos... seguís esperando el milagro, Benjamín. ¿Por qué? Vení.
–¿Escribano, qué es Racing para usted?
–Una pasión, querido.
–¿Aunque hace nueve años que no sale campeón?
–Una pasión es una pasión.
–¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar, Bejamín: no puede cambiar... ¡de pasión!







Juan José Campanella (Buenos Aires, 1959) nos cautivó a todos con El hijo de la novia, una película espléndida sobre la amistad (la verdadera amistad que empieza en la infancia y, a pesar de los reveses, crece como un árbol vigoroso a través de la vida), el amor, la violencia del tiempo y las promesas.
Ahora, en El secreto de sus ojos (la película argentina más taquillera de las últimas 3 décadas) Campanella vuelve otra vez con el gran Ricardo Darín para traernos un drama basado en la novela de Eduardo Sacheri, La pregunta de sus ojos.

La película relata una historia intensa: la mirada retrospectiva de un ex-agente de la justicia federal argentina, Benjamín Espósito (Ricardo Darín), que recuerda una investigación que marcó su vida y la de su mejor amigo (Pablo Sandoval, a cargo de un notable Guillermo Francella) y de la mujer que siempre amó íntimamente Irene Menéndez-Hastings(Soledad Villamil).
Hay de todo: amor, tensión laboral, animosidades cáusticas, sangre, corrupción y rabia. Una película imperdible que seguramente es de lo mejor que dejó el cine latinoamericano en el año 2009.

La página oficial: http://www.elsecretodesusojos.com/





domingo, 8 de noviembre de 2009

miércoles, 13 de mayo de 2009

El Pasado (basada en la novela de Alan Pauls)


La película, antes de verla, seduce porque está basada en una novela del escritor argentino Alan Pauls y porque, además, el personaje principal es nada menos que Gael García. Pero, más allá, de algunos momentos interesantes (muy pocos hilarantes... lo que es peor, humor involuntario). El largometraje tiene una medianía y es fácilmente olvidable.
El sitio oficial: http://www.filmelpasado.com/