Un director español nada pretencioso ni farolero, que ha conseguido un merecido triunfo comercial y crítico con su última y excelente película, me contaba con agradecido pasmo que algunos nombres apabullantes del cine estadounidense, gente tan cualificada y famosa como Paul Haggis, David Fincher y Mel Gibson, se habían interesado en hacer un remake en Hollywood de su bienaventurada criatura. Sabes que desde sus ancestros el cine de los grandes estudios se ha nutrido de los grandes talentos de cualquier parte, que muchos de los creadores del cine europeo encontraron allí los medios más potentes para expresar su mundo, que siempre han existido ojeadores en esa industria intentando captar las voces originales y los argumentos poderosos del cine de cualquier parte, pero en los últimos tiempos Hollywood abusa excesivamente de las versiones, algo que casi nunca mejora al producto original. Puede deberse a la sequía que atraviesa la imaginación de los productores, a la vagancia de readaptar productos que han funcionado muy bien en los mercados nativos. Recurre a ello incluso algún creador tan personal como Scorsese, al hacer en Infiltrados el remake de la película de Hong Kong Asuntos internos. Tengo que hacer esfuerzos épicos para recordar alguna versión que haya superado la calidad de lo que copia. Sería conveniente, aunque también ilusorio, que dejaran tranquilos a los clásicos. Para evitar las comparaciones, por sentido del ridículo.
La película danesa Brothers, dirigida por Susanne Bier (señora que posteriormente rodará en Estados Unidos la dura y conmovedora Cosas que perdimos en el fuego), no alcanza condición de clásico, pero sí poseía una temática compleja, tono árido, sentimientos turbadores, expresividad demoledora. Contaba la trágica historia y la sorprendente evolución de dos hermanos, uno de ellos ejemplar marido, padre, hijo y profesional, el otro descarriado y delincuente, a partir de que al primero se le dé por muerto en la guerra de Afganistán y el segundo intente aliviar la desolación de su cuñada y cuidar a sus sobrinas. El regreso del desaparecido, al que los talibanes han castigado con la peor de las torturas, la imposible integración en su antiguo mundo de este hombre atormentado, la tempestad anímica y fraternal que crean los celos con causa, la sospecha de que dependiendo de las circunstancias de la existencia Caín se puede transformar en Abel y a la inversa, estaba descrito de forma certera. Si la memoria no me engaña, creo recordar que el sexo no era tibio y el desenlace tan terrible como lógico.
Ese apasionante y progresivamente sombrío argumento vuelve a ser recreado por el cine estadounidense. Le encargan el control del barco a Jim Sheridan, algo que no puede obedecer a la casualidad ya que se trata de un director que ha retratado obsesivamente en su notable cine ambientes familiares marcados por la violencia. Ocurría enMi pie izquierdo, El prado, En el nombre del padre, The boxer y En América. Y el protagonismo a tres intérpretes con prestigio y tiro como Tobey Maguire, Jake Gyllenhaal y Natalie Portman. Primer error de reparto. Al inquietante Maguire siempre te lo vas a creer como zumbado pero escasamente como ser modélico. Si hubiera invertido su papel con Gyllenhaal, esos personajes serían más creíbles. En cuanto a la tantas veces maravillosa Natalie Portman, tengo la lamentable sensación de que está perdiendo luz, de que su presencia es tan correcta como anodina. Las más veraces son las dos crías. Naturales, graciosas, confundidas.
Sheridan suaviza el tono bronco que poseía la historia original. También hace concesiones para que el espectador no acabe hecho polvo ante esta tragedia sin salida. Es una película correcta, pero no tiene capacidad para removerte, para que te identifiques emocionalmente con los traumas de esa gente con la que se ensañó el destino.
TRAMA : Cameron Vale es un indigente que es atrapado por agentes de seguridad luego de un incidente en un shopping. Cuando despierta, el doctor Paul Ruth le informa que se encuentra en las instalaciones secretas de la corporación ConSec -dedicada a la experimentación de armas-, y que el es un scanner: un individuo con enormes poderes telepáticos que le resultan imposibles de dominar (y que por ello causara el accidente del shopping). Vale es adiestrado como agente de ConSec, y es enviado a seguir los pasos de Daryl Revok, un scanner sicótico y renegado que está exterminando a otros scanners. Pero a medida que avanza la investigación, Vale comenzará a descubrir que las cosas no son como parecen.
Para los años ochenta, David Cronenberg se venía perfilando como un director de excepcional inteligencia. Si bien sus obras hasta entonces - como Shivers (1975), Rabia (1976) y The Brood (1979) - habían cosechado el favor de la crítica, aún era un desconocido para el gran público. Es que en realidad la inmensa mayoría de la filmografía de Cronenberg (de entonces y de ahora) es muy oscura y cerebral, y funcionan como filmes de culto antes que como blockbusters comerciales. De hecho Scanners, Amos de la Muerte sería el primer hit taquillero de Cronenberg; y no volvería a obtener un éxito similar en cuanto a recaudación sino hasta que le llegara el turno la adaptación de la obra de Stephen King La Zona Muerta (1983) y la remake de La Mosca en 1986.
En sí Cronenberg vendría a ser el equivalente en el terreno fantástico de un David Lynch. Si bien es mucho menos críptico que Lynch, no deja de generar obras complejas que exigen un público inteligente dispuesto a analizar ideas. Por otro lado, maneja una imaginería que a veces bordea lo retorcido; uno de los temas centrales de su filmografía es la fusión entre la mente y el cuerpo con la máquina, que en muchas ocasiones lo explicita de manera shockeante. Si se quiere, Cronenberg ha hecho suya una de las premisas del Ciberpunk, y la ha transformado en uno de los leit motiv de su obra. Pero a su vez, la densidad de su filmografía sólo le ha ganado adeptos en círculos intelectuales. Cronenberg alternaría filmes más personales como Almuerzo Desnudo (1991), Crash (1996) y ExistenZ (1999) con otras historias más standard y comercialmente más atractivas como Una Historia Violenta (2005) y Promesas del Este (2007).
Pero Scanners, Amos de la Muerte es una de sus obras más entendibles para el gran público. En el fondo no deja de ser una adaptación muy liberal del comic X-Men, con una evolución genética de la humanidad, hombres con superpoderes y sociedades secretas que están en guerra permanente. No es dificil poner al profesor X en el mismo lugar que el Dr. Paul Ruth, capacitando a personas con superpoderes y enseñándole a dominar los mismos.
Es una película bien hecha, aunque tiene detalles aquí y allá. Por un lado el filme tiene sus momentos de lirismo, como la sesión que comanda Jennifer O´Neil y en donde los scanners fusionan sus mentes; o cada escena en la que aparece Patrick McGoohan (El Prisionero), cuyos parlamentos son realmente inspirados ("Revok está matando a cada uno de los 237 scanners que existen en este planeta... maravillas de la evolución que la humanidad se ha perdido de conocer y que no podremos reponer"). El otro punto excelente es la elección de Michael Ironside como el villano de turno (este papel lo llevaría a la fama y se especializaría en este tipo de roles). Ironside es un villano inteligente y despiadado, incapaz de cometer errores. La secuencia inicial con el duelo de scanners - en donde le vuela la cabeza a Louis Del Grande - es shockeante y ya es todo un clásico.
Pero por otro lado, la historia comienza a flaquear un poco en credibilidad a medida que avanza. Por ejemplo, que el vagabundo Cameron Vale se transforme en un James Bond sicotrónico de una escena a la otra, o el descubrimiento del complot que termina por ser algo rebuscado - ¿las corporaciones no tienen idea en qué invierten o a quién tienen contratado? -. También la secuencia en la que Stephen Lack se conecta a una computadora central a través de su mente es muuuy traída de los pelos. Si bien es espectacular, la idea de que una computadora tenga un sistema nervioso (sic) al cual un hombre pueda conectarse es ridícula. A lo sumo, capturaría bytes y números binarios en vez de texto (a menos, claro, que el scanner tenga una copia de Windows instalada en su cabeza) .
Pero el enorme problema de Scanners, Amos de la Muerte es el protagonista. No sé por qué eligieron a alguien tan incompetente como Stephen Lack para interpretar al personaje principal. Lack se ve como un idiota, habla como un idiota y actúa como un idiota. Tiene carisma cero. Su perfomance es completamente amateur, y parece un niño grande en vez de una persona atormentada por un oscuro secreto. Es la presencia de Lack la que arruina definitivamente los méritos del filme.
Scanners, Amos de la Muerte es una muy buena película si uno hace caso omiso de Stephen Lack y de los defectos del guión. Michael Ironside y Patrick McGoohan compensan de sobra, y hay acción mezclada con ideas interesantes. Una buena opción para volver a visitar este fin de semana.
“No sé si empecé a beber porque mi familia me dejó o si mi familia me dejó porque empecé a beber”
Encontré una crítica interesante acá:
http://luppanar.blogspot.com/2007/09/leaving-las-vegas-adis-las-vegas-1995.html
Dice la crítica de este blog:
No sé que tiene de especial, pero me atrae de una manera inexpresable. No puedo dejar de sentir nostalgia y mucha tristeza cuando me acuerdo de ella. En aquel lejano 1995 se escuchaban comentarios favorables por todos lados pero nunca creí prudente acercarme, acaso por la edad. Fue hasta hace cuatro o cinco años que la vi por casualidad en la televisión y desde ese momento retomo la experiencia cada vez que puedo.
La trama parte de un hecho muy simple y muy crudo, seguramente por todos bien conocido: un guionista fracasado pretende embriagarse hasta morir; en su carrera suicida conoce a una prostituta, aficionada a las adicciones de tipo psicológico, de la que irreparablemente se enamora. La vida, en su infinita sabiduría, les presenta a los dos una segunda oportunidad y ellos, en su obstinación y ceguera, la echan a la basura. Es en extremo lamentable y dramático observar como se despilfarra una existencia.
Creo que es la mejor historia de amor que se ha podido ver en el cine. Está tan bien realizada que nunca se cae en la cursilería a la que estamos tan habituados. Contrario a lo que ha sucedido hasta el cansancio, no se crea un guión para glorificar un amor imposible o lleno de dificultades; es todo lo contrario, la mesa está puesta y ellos prefieren seguir con sus vicios porque están profundamente arraigados. A pesar de todo lo que hay en contra, la tan inusual pareja se acepta tal y como es y bastan algunos diálogos para saber que están hechos “el uno para el otro”. Sera quiere tanto a Ben que soporta su repugnante comportamiento y aunque lo cuestiona, sabe que no puede hacer nada. Él por su parte consiente su profesión y aunque le duele profundamente nunca trata de censurarla.
Es efectivamente una historia romántica; totalmente sui generis si se quiere pero muy sentimental. Lo más rescatable es que se deja a un lado el cliché barato y narra las cosas como son en la vida real, duras, complicadas y bastante crueles.
Afirma Ben Sanderson, al explicar la razón de su comportamiento: “No sé si empecé a beber porque mi familia me dejó o si mi familia me dejó porque empecé a beber”. El hecho es que es un sujeto moralmente destrozado y ya no le importa nada, sólo desea un poco de felicidad, la cual es proporcionada por el alcohol. Por eso se dirige a Las Vegas, donde los bares nunca cierran.
Toda ella es un gran complejo de emociones inteligentemente amarradas. La fotografía es memorable, la musicalización es acertadísima y la dirección está impecablemente ejecutada, pero por sobre todas las cosas las actuaciones resplandecen y opacan su entorno. Sin duda, y por mucho, son los papeles mejor representados en la carrera de Nicolas Cage y Elizabeth Shue.
La cinta está basada en la novela autobiográfica de . Este escritor nació en 1960 y en 1990 redactó el libro “Leaving Las Vegas”. En 1994, dos semanas posteriores al inicio del rodaje, se suicidó; contaba con 34 años. Su padre aseguró que la novela era su nota póstuma.
"La castidad de una mujer es como un orzuelo en el ojo del diablo."
La castidad de Britt-Marie, hija de un pastor de la Iglesia, le provoca a Satán una verruga en un párpado, así que, para deshacerse de ésta, manda a la Tierra a don Juan Tenorio para que la seduzca.
Cuatro años antes, los Tiburones de Miami, dirigidos por el entrenador D'Amato (Al Pacino), habían ganado dos campeonatos consecutivos, pero ahora sólo consiguen acumular derrotas. Además, el público escasea y los antiguos ídolos están en el ocaso de sus carreras, particularmente Jack "Cap" Rooney (Dennis Quaid), que a sus 39 años se aferra desesperadamente a lo poco que le queda como jugador profesional. Por otra parte, son frecuentes los conflictos con Christina Pagniacci (Cameron díaz), la joven presidenta y propietaria de los Tiburones. Por si esto fuera poco, fuera del campo, D'Amato tiene serios problemas familiares. (FILMAFFINITY)
Un predestinado. Ayrton Senna da Silva (Sao Paulo, 1960 - Bolonia, Italia, 1994), héroe deportivo brasilero, ganador nato, un capo de la fórmula 1 y un creyente sin parangón.
“Hay mucho por hacer, mucho por aprender. Pero no tengo mucho tiempo”.
El último día que se subió a un auto de fórmula 1, tomó la Biblia y leyó que Dios le iba a dar el mejor regalo: Él.
Ayer vi Un cuento chino, una gran tragicomedia argentina, donde Darín ratifica su consabida calidad. "La vida es un gran sinsentido, un absurdo", dice el personaje principal que precisamente colecciona noticias increíbles, absurdas (afición que prolongó del padre). -¿Cómo te trata la vida, querido? -Como el culo. Otro gol del cine argentino. Acá la crónica de Carlos Boyero.
UNA SOLEDAD CON ALMA
Si exceptuamos unos ojos poderosamente expresivos, no existe nada excepcional en el físico de Ricardo Darín. Pero su credibilidad y su campo magnético son inagotables en una galería muy variada de gente. Ha demostrado un instinto notable para elegir guiones con cuerpo y alma, pero incluso cuando se ha equivocado y todo es naufragio en determinadas películas, cuando está obligado a decir y hacer cosas que rezuman falsedad pretenciosa, él se las ingenia para otorgar algún momento de verdad a sus personajes. Y, por supuesto, posee el imán que caracteriza a determinadas personalidades, la cámara lo quiere y contagia ese amor al espectador. De entrada, siempre apetece ver una película protagonizada por él. Y te puede derretir con su enorme talento cuando se pone al servicio de una historia que merece la pena ser contada y un director en estado de gracia, algo transparente en su inmemorable canalla de Nueve reinas y en el lirismo dolorido de El secreto de sus ojos.
Darín puede dar vida a tipos muy variados, a los sentimientos más complejos, a la turbiedad y lo cristalino, la derrota y la supervivencia, la anormalidad y la normalidad sin dejar de ser él mismo. Es de esos actores superdotados y con algo especial que aparecen muy de vez en cuando en cinematografías fuera del Imperio. Javier Bardem también pertenece a esa raza. Lo extraño en el caso de Darín es que siga trabajando en Argentina, que el cine estadounidense no haya importado a precio de oro una personalidad como la suya.
Un cuento chino, dirigida por Sebastián Borensztein, es una película más amable que agria, digna y creíble, un cuento con origen triste que se empeña en hacer reales conceptos tan anticuados como la compasión y la solidaridad, el retrato de una soledad elegida que no se ha enquistado en la indiferencia ni en el egoísmo. Sus protagonistas son un chino desolado por esos accidentes absurdos que machacan la existencia, esas pérdidas afectivas que despojan de sentido al presente y al futuro, aislado y sin un peso en un país y un idioma que desconoce, y un ferretero solitario y disciplinadamente maniático, coleccionista de noticias extrañas que aparecen en los periódicos de cualquier parte, alguien que a pesar de sus imborrables traumas y sus permanentes fantasmas no ha perdido el sentido de la justicia ni la indignación moral, dispuesto a soltarle un cabezazo a la autoridad irrespetuosa y abusona, al proveedor que intenta estafarle mínima y cotidianamente en los negocios acordados, al cliente rompe-pelotas y melifluo.
La casual, surrealista y protectora relación que establecen a base de gestos, equívocos e intuiciones estos seres a la intemperie, aunque la del chino sea absoluta y la del ferretero disfrute de un refugio tan acorazado como patético, está bien contada. Igualmente, tiene mucho mérito por parte del director la creación de una atmósfera peculiar describiendo la desesperanzada vida y los rituales fijos de ese perdedor introvertido, cascarrabias con causa, secretamente tierno, generoso a su pesar, incapaz de dejar abandonado a su trágica suerte a un paria que va a alterar su sagrada intimidad.
No es una película retórica ni sensiblera, aunque el tema se prestara a ello. Tal vez le sobre el previsible desenlace a este cuento tierno, pero no está mal pensar que los desamparados afectivos pueden encontrar alguna vez un lugar en el sol. No suele ocurrir en la vida real, pero las ficciones se pueden permitir esa esperanza. Además, la taquilla siempre se lo agradece. Pero, sobre todo, está la interpretación de Ricardo Darín. Te hace comprender, respetar y querer a ese misántropo que no ha perdido el corazón.