miércoles, 14 de agosto de 2013

Unos pocos buenos Amigos

Excelente documental sobre Andrés Caicedo.


Antes, mucho antes de que me prendara de mujer alguna, mi corazón ya había sido ganado por la violencia. Dicen que mi madre se puso fea cuando me tenía adentro, de tanta pata y manotazo que le di. Y al nacer la dejé como con cuarenta kilos de menos. Fui un niño gordo, cabezón, travieso como él solo. La primera cagada que recuerdo fue en el kínder del Pío XII: rellené de anzuelos un ponqué de navidad, y varios alumnos resultaron heridos. No me pudieron probar nada pero  de todos modos me expulsaron y de allí pasé al Liceo Ciudad de Cali en donde me la pasaba soñando con cagadas por venir. A los doce años me regalaron un rifle de copas y me la pasaba tirándoles a los ventanales de los vecinos hasta que éstos pusieron la queja y mis padres me decomisaron el rifle. Yo, claro, quedé muy descontento con esta medida y ahorré durante dos veranos para comprarme mi rifle de copas, uno más grande, más serio y potente. En quinto de primaria ya todos me decían “el loco” y yo hacía todo lo posible para cimentar esta fama: un día llamé como a cincuenta taxis a la casa de Germán Azcárate, y observé, divertidísimo, todo el barullo desde mi balcón. El papá de Germán salió protestando que ellos no habían llamado a ningún carro, pero no le creyeron y había algunos que querían cobrarle la carrera. Yo me reí hasta que los ojos se me aguaron, y ahora siento lo mismo que sentía cuando pequeño: un sol inmenso que se pone, dentro de mí, en el horizonte, y que era presagio de grandes aventuras en contra de mis semejantes y hoy es signo de cagadas por venir, como no hay nada más que hacer en esta vida pues entonces conformémonos con las travesuras que pueda realizar, las acciones neutras, las acciones que producen sufrimientos en los otros, las malas vidas, la sequedad de los corazones, la luz del sol, el reverberar la apatía de ahora que escribo automáticamente pues no puedo avanzar en este relato.
A.C.

domingo, 16 de junio de 2013

¡Quiero una historia, huevón!

—¿Y cómo va la cosa? A ver, déjame leer (…) Mal, ¡una mierda! Mal universitario que hace sus tareas, ¡carajo!
—Pero responde a las preguntas básicas. ¿Por qué lo borró?
—Cuántas veces tengo que decirte las cosas por la puta: quiero algo más que el «qué», el «quién», el «cómo» ni no sé qué chucha más. Quiero que el lector se meta, se identifique, piense que esto le pudo pasar a él. Todos los días se muere alguien, carajo, eso no es novedad. Tienes que hacer que ese muerto parezca el primero. Y para eso tienes que encontrar un ángulo diferente, personal.
—Pero usted quiere una historia, yo estoy reportando un hecho. Son cosas diferentes, ¿no?

—¿Y quién carajo te dijo que reportes un hecho? ¡Claro que quiero una historia, huevón! Esto también es literatura: barata, subliteratura si quieres, pero literatura al fin y al cabo.


Tinta Roja from Cinépata on Vimeo.

domingo, 6 de enero de 2013

Cómo ser feliz antes de morir (Now is good)

Un drama con Dakota Fanning, a quien muchos recuerdan por el papel de la niña en Hombre en llamas.


¿Qué quieres que haga?

En la noche, dormir juntos y despertarnos juntos. Desayuno...

¿Qué quieres en realidad?

Quiero que estés conmigo. Que me abraces. Que me cuides y sigas amando. Que me ayudes cuando me da miedo algo. Que toques el filo de mi cama y veas que hay ahí.

¿Qué sucedería si no hiciera las cosas bien?

Es imposible hacerlo mal.

Bueno, esto de andar persiguiendo películas que me hagan llorar no es la mejor manera de empezar el año. Este drama sobre una muchachita que hace una lista de cosas que desea hacer antes de morir es conmovedor y demuestra la madurez artística que está alcanzando Dakota Fanning (a este paso muy cerca de ganar un premio de los grandes). Seguro lo hará pronto. Una película para valorar más el día a día.

Curvas de la vida (de Robert Lorenz)

Eastwood, uno de los actores y directores que más admiro, ahora actuando para Robert Lorenz.

Creo que tal vez puedo cambiar la manera en que hago las cosas.

—Seguro que sí.


Una película sobre la vejez, la obstinación de aquellos que se niegan a reconocer el paso de los años. Gus Lobel es un testarudo con convicciones, cazatalentos en declive que encuentra en quien menos se lo espera el soporte perfecto para tomar la decisión final: el retiro. Una poco convencional relación padre-hija entreteje algunos oscuros recuerdos que marcaron su distanciamiento por el bien de ella. Este filme también se podría resumir en aquel lugar común que reza: de tal palo, tal astilla.
Orlando Mazeyra Guillén 

Acá una sinopsis (editada) de internet:

Gus Lobel (Clint Eastwood) ha sido uno de los mejores cazatalentos del béisbol por décadas, pero a pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, la edad empieza a notársele (problemas de visión que cada vez son más evidentes). Sin embargo, Gus se rehúsa a ser eliminado por lo que parecen ser sus entradas finales en su carrera.

Parece que él no tiene opción. La oficina directiva de los Bravos de Atlanta empieza a cuestionar su juicio, especialmente sobre el más grande fenómeno de bateo en el país. La única persona que puede ayudarle es a quien no le pediría ayuda, su hija Mickey (Amy Adams), quien es socia de una poderosa firma de abogados cuyo empuje y ambición la han puesto en carrera rápida para hacerse socia principal. Mickey nunca tuvo una relación estrecha con su padre, quien no estaba preparado para ser padre soltero luego de la muerte de su esposa. Incluso ahora, en los pocos momentos que comparten, se distrae fácilmente, por lo que Mickey asume que es su gran amor: el béisbol.

Sabiendo que es un error y pese a las objeciones de Gus, Mickey lo acompaña en su último viaje como cazatalentos, arriesgando su propia carrera para salvar la de él. Obligados a pasar tiempo juntos por primera vez en años, hace que cada uno descubra cosas, revelando grandes verdades sobre su pasado (la niñez de su hija, una escena que lo marcó para siempre) y presente que podrían cambiar su perspectiva a futuro.

En la película también está Justin Timberlake como Johnny Flanagan, un cazatalentos rival que tiene la mira en una carrera en la cabina de locución… y tiene ojos para Mickey.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Yo quiero cambiar al mundo: «Cadena de favores»

¿Otro mundo es posible?



—«Cadena de favores» no funcionó —le informa Trevor a su maestro—. Ni siquiera pude hacerlo. Iba a ayudar a Adam…
—¿Ayudarlo a qué? —le pregunta su profesor al niño.
—A que no le pegaran, pero tuve miedo —confiesa Trevor—. No lo ayudé… Dejé que le pegaran.
—No. Tú no dejaste que le pegaran —repone el maestro—. Sucedió así. A veces no se puede hacer nada.
—No es justo —se lamenta Trevor.
—Lo sé —afirma su profesor.
—No lo sabe —se ofusca Trevor—. Debería llamar a mi madre. Podría hacer algo, si quisiera. ¿Por qué es tan gallina?
—No soy gallina.
—Va a pasar algo… y será demasiado tarde.
—¿Qué va a pasar? ¿De qué hablas? —le pregunta el maestro.
—Él volverá.
—¿Quién volverá? Eh, ¿quién volverá? Tu padre. ¿Volverá tu padre? Y... ¿qué pasará cuando vuelva, Trevor? ¿Te hará daño? ¿Le hará daño a ella?
—No, si hay alguien allí en su lugar.
—Trevor, ahora es complicado para mí.
—¿El mundo es simplemente una mierda? —pregunta el muchacho.
—No, no lo es —le dice su profesor—. Hiciste un buen trabajo. Mírame, estoy orgulloso de ti. Estoy orgulloso de ti. Y para tu información... yo premio el esfuerzo, no el resultado.
—Me da igual la nota —le informa Trevor—: sólo quería ver si el mundo podía cambiar.


viernes, 9 de noviembre de 2012

José y Pilar


Escribe Javier Ocaña

Lo bueno de las películas es que no admiten un único ángulo de visión y la multiplicidad de miradas las enriquece. Así, ante José y Pilar,pacientísimo documental del portugués Miguel Gonçalves Mendes sobre José Saramago y su viuda, Pilar del Río, en el que ambos se exponen a la cámara durante casi tres años, con la vertiginosa agenda social, personal y promocional del escritor como tercer protagonista, la riqueza testimonial puede llevar a opciones contrapuestas. Baltasar Garzón, en su presentación en el Festival de Ronda, afirmó que en ella "se descubre la camaradería, la amistad de dos compañeros de viaje, apoyándose en el pensar y en el vivir".
Otras miradas, en cambio, podrían ver a un hombre cansado de sonreír, del esfuerzo de parecer inteligente a cada instante; a un hombre al que le hubiera gustado estar tranquilo en su casa, pergeñando historias ("yo tengo ideas sobre novelas..."), pero que, arrastrado por su esposa, acude a mil y un eventos protocolarios ("... y tú tienes ideas sobre la vida", le dice José a Pilar); a un hombre sumergido en el centro de una verbena, como un extraterrestre que apenas entiende; a un hombre que, en una imagen impagable, se queda dormido en una conferencia a unos metros de otro que también ha decidido apagar los ojos: Gabriel García Márquez; a un hombre, y son sus palabras, consciente de ser una teta que produce leche en forma de dinero; a un hombre expuesto a la estupidez y a la desvergüenza ("¿me dibuja un hipopótamo junto al autógrafo? (*)", le dice un fanático al escritor, visiblemente enfermo y cansado, mientras una cola kilométrica aguarda su turno); a un hombre que despliega brillantez, inteligencia y saber estar, mientras otros se convierten en protagonistas de una película que no es la suya. "Algunos no me perdonan que yo quisiera a Borges", clamaba hace una semana en este periódico su viuda, María Kodama. ¿Recuerdan a una tal Yoko Ono, esposa de un cantante?
La existencia misma de esta película parece un abono para la tesis. Y sin embargo el trabajo de Gonçalves se configura como un documento apasionante, excepcional, con el que, de un modo seguramente impudoroso, este crítico se encandiló. Perdón por verla, perdón por disfrutarla, maestro.

Nota de Orlando Mazeyra.- El crítico Javier Ocaña quizá confunde a Saramago con Vargas Llosa (confeso amante de los hipopótamos). El joven brasileño le pide a Saramago que le dibujara un elefante (personaje principal del libro que le autografió: EL VIAJE DEL ELEFANTE).


jueves, 5 de enero de 2012

La ventana (de Carlos Sorín)


Carlos Sorín: "Me interesé en la vida de Chejov"


El realizador de Historias mínimas presenta hoy en Toronto su nuevo filme, La ventana, inspirado en las últimas horas de vida del escritor. Aquí explica la génesis de un proyecto que lo toca en lo personal.

Este festival se caracteriza -entre tantas otras cosas, como incluir películas con estrellas de Hollywood y un cine más decididamente de autor- en presentar premieres mundiales. Y una de ellas es argentina. Además de las otras seis películas nacionales, que se ofrecen en distintas secciones, esta noche Carlos Sorín estará presente en la primera proyección internacional de La ventana, su nueva realización, que no irá a competir a ningún otro festival por el momento.

El director de La película del Rey e Historias mínimas llegó ayer mismo desde Buenos Aires, bien temprano por la mañana y al mediodía atendió a Clarín. Conocido por su sentido del humor, habló de su filme, aunque confesó que nunca lo vio terminado, así que lo "descubrirá" junto con el público.

La trama de la película es tan sencilla que "es casi inexistente, te podría decir que se evapora con sólo contarla", sonríe. Antonio es un hombre de 86 años que ha tenido un incidente cardíaco y espera a su hijo que, informado, regresa de Europa. Esas doce horas de espera, del amanecer al atardecer, es lo que se cuenta en la película. También es sobre el tiempo, sobre el fluir del tiempo, "y me hubiese gustado titularla Las horas, pero existe el filme de Stephen Daldry con ese nombre..."



¿Cuál es el origen de la historia que contás en "La ventana"?

Creo que se unieron varias cosas. Por un lado, mi antigua afición por Chejov, que revivió en el último año. Aparte de releer buena parte de sus cuentos, me interesé en su vida y busqué durante semanas un ejemplar en castellano de la que seguramente es la mejor biografía del escritor: La dramática vida de Anton Chejov, de Irene Nemirovsky. La encontré por internet. La descripción de las últimas horas de vida del escritor en un hotel del balneario de Badenweiler despidiéndose de su esposa y su médico con un brindis con champagne es realmente conmovedora. Tanto como el cuento de Raymond Carver, Tres rosas amarillas, en el que relata minuciosamente el mismo episodio. Esas lecturas estuvieron presentes en la génesis del proyecto.

Pero también hubo un hecho singular que cimbronó en el interior de Sorín: el año pasado falleció su padre. "Y aunque uno sepa que lo natural es que los padres mueran antes que los hijos, nunca termina de acostumbrarse a un hecho así, y también debe haber influido", concede.



¿Como se te ocurrió pensar en Antonio Larreta como protagonista?

Fue una idea de mi socio productor, José María Morales, que está haciendo un filme sobre la vida de Artigas basado en un guión de Antonio "Taco" Larreta. Siguiendo mi secuela de actores "no actores", yo quería un escritor para hacer el personaje que también es escritor. Hay una forma de hablar, de manejar la palabra, que es exclusiva de un escritor. ¿Quién no recuerda la forma de decir de Borges o Neruda? Tienen una musicalidad muy especial. Bueno, yo quería que de alguna manera eso estuviese en la película. Por otro lado también quería que tuviese 85, 86 años. La fragilidad de esa edad no la quería actuada, quería que fuese de verdad. De cualquier forma, "Taco" Larreta algo actuó, porque aunque realmente tiene 85, está en muchas mejores condiciones que el personaje. Y está la mirada, esa mirada inteligente que "Taco" no la actúa, la tiene.



¿Y como lo convenciste?

Viajé a Montevideo bastante nervioso, pero me encontré con que "Taco" estaba tanto o más nervioso que yo. Quería hacer el personaje, pero pensaba que no era la persona indicada. "Yo como actor soy antiguo", me decía, "soy un viejo actor uruguayo y no te voy a servir". Ahora que ya está hecha pienso que está muy bien en la película, realmente. En el elenco también está Arturo Goetz e hicieron una participación especial Carla Peterson y Luis Luque.

Sorín fue a filmar hacia el Sur, aunque no a la Patagonia. "No volví a la Patagonia -confirma-, pero filmé cerca de Bahia Blanca, cerca de Sierra de la Ventana y del límite con La Pampa. Algunos dicen que por ahí empieza la Patagonia, pero el paisaje es menos ríspido y mas bucólico."



¿Con que expectativas llegás a Toronto?

Más que expectativas llego con temores. No vi la película. La edité por un lado, trabajé el sonido por otro, pero nunca vi como funciona todo junto y en pantalla grande. La copia en 35mm. salió de Madrid y llegó a Toronto. Yo no fui a España y las únicas opiniones de gente que la vio son de las de mis socios y del director de fotografía. Nunca me pasó esto. Siempre llegué a los festivales con algunas pruebas previas con público. Ahora no. En fin, los whiskies que suelo tomarme después de la proyección me los tomaré antes...

No es la primera vez que Sorin viene con una película a Toronto. Bueno, es la segunda. "Vine con El perro y fue un éxito de ventas aquí totalmente desmedido. No creo que con esta peli repita".



Hablabas de los "no actores" que solías elegir. ¿Que balance podes hacer, qué es lo mas positivo y qué lo que no te convence de trabajar con ellos?

No tengo una opinión formada. Por un lado trabajar con "no actores" es muy limitante en el trabajo en profundidad del personaje, además de trabajoso, agotador. Y azaroso: nunca sabes cómo va a salir. Trabajando con actores podés pisar más sobre seguro, construir mas. Pero por otro lado extrañás lo imprevisto, una cierta frescura que puede salir de algo no programado, de lo "accidental". No sé qué es lo mas adecuado. Supongo que depende del tipo de película que uno quiere hacer.

Sorín viene de Buenos Aires, pero estuvo en Bogotá pocos días antes de partir. "Fui a evaluar y elegir los guiones que debían ser premiados con las ayudas que da la Dirección de Cinematografía del Ministerio de Cultura. Fueron unos días muy intensos. Hay mucho entusiasmo en Colombia con el cine. Da la sensación de que el cine colombiano está próximo a un despegue. Ojalá se dé."


Con "La ventana", ¿sentís que cerrás, al menos momentáneamente, un tipo de realizaciones, que arrancó con "Historias mínimas"?

A La ventana la veo distinta a Historias... y su saga. Es una película más construida, al menos en lo que se refiere a la imagen. Por eso filmé en 35mm., por la posibilidad de tener una imagen mas elaborada. También me parece que es una película un poco más ríspida, menos gratificante. Es también algo más ambigua, dando tiempo al espectador para que complete las cosas en su mente. De cualquier manera no estoy aun en condiciones de evaluarla. Esta noche, después de la proyección quizá tenga una idea mas próxima a la realidad.


Hermanos/Brothers


Remake' correcto, aunque prescindible

Escribe: Carlos Boyero

Un director español nada pretencioso ni farolero, que ha conseguido un merecido triunfo comercial y crítico con su última y excelente película, me contaba con agradecido pasmo que algunos nombres apabullantes del cine estadounidense, gente tan cualificada y famosa como Paul Haggis, David Fincher y Mel Gibson, se habían interesado en hacer un remake en Hollywood de su bienaventurada criatura. Sabes que desde sus ancestros el cine de los grandes estudios se ha nutrido de los grandes talentos de cualquier parte, que muchos de los creadores del cine europeo encontraron allí los medios más potentes para expresar su mundo, que siempre han existido ojeadores en esa industria intentando captar las voces originales y los argumentos poderosos del cine de cualquier parte, pero en los últimos tiempos Hollywood abusa excesivamente de las versiones, algo que casi nunca mejora al producto original. Puede deberse a la sequía que atraviesa la imaginación de los productores, a la vagancia de readaptar productos que han funcionado muy bien en los mercados nativos. Recurre a ello incluso algún creador tan personal como Scorsese, al hacer en Infiltrados el remake de la película de Hong Kong Asuntos internos. Tengo que hacer esfuerzos épicos para recordar alguna versión que haya superado la calidad de lo que copia. Sería conveniente, aunque también ilusorio, que dejaran tranquilos a los clásicos. Para evitar las comparaciones, por sentido del ridículo.
La película danesa Brothers, dirigida por Susanne Bier (señora que posteriormente rodará en Estados Unidos la dura y conmovedora Cosas que perdimos en el fuego), no alcanza condición de clásico, pero sí poseía una temática compleja, tono árido, sentimientos turbadores, expresividad demoledora. Contaba la trágica historia y la sorprendente evolución de dos hermanos, uno de ellos ejemplar marido, padre, hijo y profesional, el otro descarriado y delincuente, a partir de que al primero se le dé por muerto en la guerra de Afganistán y el segundo intente aliviar la desolación de su cuñada y cuidar a sus sobrinas. El regreso del desaparecido, al que los talibanes han castigado con la peor de las torturas, la imposible integración en su antiguo mundo de este hombre atormentado, la tempestad anímica y fraternal que crean los celos con causa, la sospecha de que dependiendo de las circunstancias de la existencia Caín se puede transformar en Abel y a la inversa, estaba descrito de forma certera. Si la memoria no me engaña, creo recordar que el sexo no era tibio y el desenlace tan terrible como lógico.

Ese apasionante y progresivamente sombrío argumento vuelve a ser recreado por el cine estadounidense. Le encargan el control del barco a Jim Sheridan, algo que no puede obedecer a la casualidad ya que se trata de un director que ha retratado obsesivamente en su notable cine ambientes familiares marcados por la violencia. Ocurría en Mi pie izquierdo, El prado, En el nombre del padre, The boxer y En América. Y el protagonismo a tres intérpretes con prestigio y tiro como Tobey Maguire, Jake Gyllenhaal y Natalie Portman. Primer error de reparto. Al inquietante Maguire siempre te lo vas a creer como zumbado pero escasamente como ser modélico. Si hubiera invertido su papel con Gyllenhaal, esos personajes serían más creíbles. En cuanto a la tantas veces maravillosa Natalie Portman, tengo la lamentable sensación de que está perdiendo luz, de que su presencia es tan correcta como anodina. Las más veraces son las dos crías. Naturales, graciosas, confundidas.

Sheridan suaviza el tono bronco que poseía la historia original. También hace concesiones para que el espectador no acabe hecho polvo ante esta tragedia sin salida. Es una película correcta, pero no tiene capacidad para removerte, para que te identifiques emocionalmente con los traumas de esa gente con la que se ensañó el destino.


miércoles, 4 de enero de 2012

Scanners (de David Cronenberg)


TRAMA : Cameron Vale es un indigente que es atrapado por agentes de seguridad luego de un incidente en un shopping. Cuando despierta, el doctor Paul Ruth le informa que se encuentra en las instalaciones secretas de la corporación ConSec -dedicada a la experimentación de armas-, y que el es un scanner: un individuo con enormes poderes telepáticos que le resultan imposibles de dominar (y que por ello causara el accidente del shopping). Vale es adiestrado como agente de ConSec, y es enviado a seguir los pasos de Daryl Revok, un scanner sicótico y renegado que está exterminando a otros scanners. Pero a medida que avanza la investigación, Vale comenzará a descubrir que las cosas no son como parecen.

Para los años ochenta, David Cronenberg se venía perfilando como un director de excepcional inteligencia. Si bien sus obras hasta entonces - como Shivers (1975), Rabia (1976) y The Brood (1979) - habían cosechado el favor de la crítica, aún era un desconocido para el gran público. Es que en realidad la inmensa mayoría de la filmografía de Cronenberg (de entonces y de ahora) es muy oscura y cerebral, y funcionan como filmes de culto antes que como blockbusters comerciales. De hecho Scanners, Amos de la Muerte sería el primer hit taquillero de Cronenberg; y no volvería a obtener un éxito similar en cuanto a recaudación sino hasta que le llegara el turno la adaptación de la obra de Stephen King La Zona Muerta (1983) y la remake de La Mosca en 1986.

En sí Cronenberg vendría a ser el equivalente en el terreno fantástico de un David Lynch. Si bien es mucho menos críptico que Lynch, no deja de generar obras complejas que exigen un público inteligente dispuesto a analizar ideas. Por otro lado, maneja una imaginería que a veces bordea lo retorcido; uno de los temas centrales de su filmografía es la fusión entre la mente y el cuerpo con la máquina, que en muchas ocasiones lo explicita de manera shockeante. Si se quiere, Cronenberg ha hecho suya una de las premisas del Ciberpunk, y la ha transformado en uno de los leit motiv de su obra. Pero a su vez, la densidad de su filmografía sólo le ha ganado adeptos en círculos intelectuales. Cronenberg alternaría filmes más personales como Almuerzo Desnudo (1991), Crash (1996) y ExistenZ (1999) con otras historias más standard y comercialmente más atractivas como Una Historia Violenta (2005) y Promesas del Este (2007).

Pero Scanners, Amos de la Muerte es una de sus obras más entendibles para el gran público. En el fondo no deja de ser una adaptación muy liberal del comic X-Men, con una evolución genética de la humanidad, hombres con superpoderes y sociedades secretas que están en guerra permanente. No es dificil poner al profesor X en el mismo lugar que el Dr. Paul Ruth, capacitando a personas con superpoderes y enseñándole a dominar los mismos.


Es una película bien hecha, aunque tiene detalles aquí y allá. Por un lado el filme tiene sus momentos de lirismo, como la sesión que comanda Jennifer O´Neil y en donde los scanners fusionan sus mentes; o cada escena en la que aparece Patrick McGoohan (El Prisionero), cuyos parlamentos son realmente inspirados ("Revok está matando a cada uno de los 237 scanners que existen en este planeta... maravillas de la evolución que la humanidad se ha perdido de conocer y que no podremos reponer"). El otro punto excelente es la elección de Michael Ironside como el villano de turno (este papel lo llevaría a la fama y se especializaría en este tipo de roles). Ironside es un villano inteligente y despiadado, incapaz de cometer errores. La secuencia inicial con el duelo de scanners - en donde le vuela la cabeza a Louis Del Grande - es shockeante y ya es todo un clásico.

Pero por otro lado, la historia comienza a flaquear un poco en credibilidad a medida que avanza. Por ejemplo, que el vagabundo Cameron Vale se transforme en un James Bond sicotrónico de una escena a la otra, o el descubrimiento del complot que termina por ser algo rebuscado - ¿las corporaciones no tienen idea en qué invierten o a quién tienen contratado? -. También la secuencia en la que Stephen Lack se conecta a una computadora central a través de su mente es muuuy traída de los pelos. Si bien es espectacular, la idea de que una computadora tenga un sistema nervioso (sic) al cual un hombre pueda conectarse es ridícula. A lo sumo, capturaría bytes y números binarios en vez de texto (a menos, claro, que el scanner tenga una copia de Windows instalada en su cabeza) .

Pero el enorme problema de Scanners, Amos de la Muerte es el protagonista. No sé por qué eligieron a alguien tan incompetente como Stephen Lack para interpretar al personaje principal. Lack se ve como un idiota, habla como un idiota y actúa como un idiota. Tiene carisma cero. Su perfomance es completamente amateur, y parece un niño grande en vez de una persona atormentada por un oscuro secreto. Es la presencia de Lack la que arruina definitivamente los méritos del filme.

Scanners, Amos de la Muerte es una muy buena película si uno hace caso omiso de Stephen Lack y de los defectos del guión. Michael Ironside y Patrick McGoohan compensan de sobra, y hay acción mezclada con ideas interesantes. Una buena opción para volver a visitar este fin de semana.

Fuente:
http://www.sssm.com.ar/arlequin/scanners.html

Adiós a Las Vegas (de Mike Figgis)

“No sé si empecé a beber porque mi familia me dejó o si mi familia me dejó porque empecé a beber”

Encontré una crítica interesante acá:
http://luppanar.blogspot.com/2007/09/leaving-las-vegas-adis-las-vegas-1995.html

Dice la crítica de este blog:


No sé que tiene de especial, pero me atrae de una manera inexpresable. No puedo dejar de sentir nostalgia y mucha tristeza cuando me acuerdo de ella. En aquel lejano 1995 se escuchaban comentarios favorables por todos lados pero nunca creí prudente acercarme, acaso por la edad. Fue hasta hace cuatro o cinco años que la vi por casualidad en la televisión y desde ese momento retomo la experiencia cada vez que puedo.

La trama parte de un hecho muy simple y muy crudo, seguramente por todos bien conocido: un guionista fracasado pretende embriagarse hasta morir; en su carrera suicida conoce a una prostituta, aficionada a las adicciones de tipo psicológico, de la que irreparablemente se enamora. La vida, en su infinita sabiduría, les presenta a los dos una segunda oportunidad y ellos, en su obstinación y ceguera, la echan a la basura. Es en extremo lamentable y dramático observar como se despilfarra una existencia.

Creo que es la mejor historia de amor que se ha podido ver en el cine. Está tan bien realizada que nunca se cae en la cursilería a la que estamos tan habituados. Contrario a lo que ha sucedido hasta el cansancio, no se crea un guión para glorificar un amor imposible o lleno de dificultades; es todo lo contrario, la mesa está puesta y ellos prefieren seguir con sus vicios porque están profundamente arraigados. A pesar de todo lo que hay en contra, la tan inusual pareja se acepta tal y como es y bastan algunos diálogos para saber que están hechos “el uno para el otro”. Sera quiere tanto a Ben que soporta su repugnante comportamiento y aunque lo cuestiona, sabe que no puede hacer nada. Él por su parte consiente su profesión y aunque le duele profundamente nunca trata de censurarla.

Es efectivamente una historia romántica; totalmente sui generis si se quiere pero muy sentimental. Lo más rescatable es que se deja a un lado el cliché barato y narra las cosas como son en la vida real, duras, complicadas y bastante crueles.

Afirma Ben Sanderson, al explicar la razón de su comportamiento: “No sé si empecé a beber porque mi familia me dejó o si mi familia me dejó porque empecé a beber”. El hecho es que es un sujeto moralmente destrozado y ya no le importa nada, sólo desea un poco de felicidad, la cual es proporcionada por el alcohol. Por eso se dirige a Las Vegas, donde los bares nunca cierran.

Toda ella es un gran complejo de emociones inteligentemente amarradas. La fotografía es memorable, la musicalización es acertadísima y la dirección está impecablemente ejecutada, pero por sobre todas las cosas las actuaciones resplandecen y opacan su entorno. Sin duda, y por mucho, son los papeles mejor representados en la carrera de Nicolas Cage y Elizabeth Shue.

La cinta está basada en la novela autobiográfica de . Este escritor nació en 1960 y en 1990 redactó el libro “Leaving Las Vegas”. En 1994, dos semanas posteriores al inicio del rodaje, se suicidó; contaba con 34 años. Su padre aseguró que la novela era su nota póstuma.

jueves, 29 de diciembre de 2011

El ojo del diablo (de Ingmar Bergman)

"La castidad de una mujer es como un orzuelo en el ojo del diablo."

La castidad de Britt-Marie, hija de un pastor de la Iglesia, le provoca a Satán una verruga en un párpado, así que, para deshacerse de ésta, manda a la Tierra a don Juan Tenorio para que la seduzca.

martes, 27 de diciembre de 2011

Un domingo cualquiera (de Oliver Stone)


Cuatro años antes, los Tiburones de Miami, dirigidos por el entrenador D'Amato (Al Pacino), habían ganado dos campeonatos consecutivos, pero ahora sólo consiguen acumular derrotas. Además, el público escasea y los antiguos ídolos están en el ocaso de sus carreras, particularmente Jack "Cap" Rooney (Dennis Quaid), que a sus 39 años se aferra desesperadamente a lo poco que le queda como jugador profesional. Por otra parte, son frecuentes los conflictos con Christina Pagniacci (Cameron díaz), la joven presidenta y propietaria de los Tiburones. Por si esto fuera poco, fuera del campo, D'Amato tiene serios problemas familiares. (FILMAFFINITY)

martes, 9 de agosto de 2011

Ayrton Senna da silva


Un predestinado. Ayrton Senna da Silva (Sao Paulo, 1960 - Bolonia, Italia, 1994), héroe deportivo brasilero, ganador nato, un capo de la fórmula 1 y un creyente sin parangón.

Hay mucho por hacer, mucho por aprender. Pero no tengo mucho tiempo”.

El último día que se subió a un auto de fórmula 1, tomó la Biblia y leyó que Dios le iba a dar el mejor regalo: Él.




Director: Asif Kapadia

viernes, 5 de agosto de 2011

Un cuento chino... o tantas veces Darín



Ayer vi Un cuento chino, una gran tragicomedia argentina, donde Darín ratifica su consabida calidad. "La vida es un gran sinsentido, un absurdo", dice el personaje principal que precisamente colecciona noticias increíbles, absurdas (afición que prolongó del padre).
-¿Cómo te trata la vida, querido?
-Como el culo.
Otro gol del cine argentino. Acá la crónica de Carlos Boyero.

UNA SOLEDAD CON ALMA

Si exceptuamos unos ojos poderosamente expresivos, no existe nada excepcional en el físico de Ricardo Darín. Pero su credibilidad y su campo magnético son inagotables en una galería muy variada de gente. Ha demostrado un instinto notable para elegir guiones con cuerpo y alma, pero incluso cuando se ha equivocado y todo es naufragio en determinadas películas, cuando está obligado a decir y hacer cosas que rezuman falsedad pretenciosa, él se las ingenia para otorgar algún momento de verdad a sus personajes. Y, por supuesto, posee el imán que caracteriza a determinadas personalidades, la cámara lo quiere y contagia ese amor al espectador. De entrada, siempre apetece ver una película protagonizada por él. Y te puede derretir con su enorme talento cuando se pone al servicio de una historia que merece la pena ser contada y un director en estado de gracia, algo transparente en su inmemorable canalla de Nueve reinas y en el lirismo dolorido de El secreto de sus ojos.

Darín puede dar vida a tipos muy variados, a los sentimientos más complejos, a la turbiedad y lo cristalino, la derrota y la supervivencia, la anormalidad y la normalidad sin dejar de ser él mismo. Es de esos actores superdotados y con algo especial que aparecen muy de vez en cuando en cinematografías fuera del Imperio. Javier Bardem también pertenece a esa raza. Lo extraño en el caso de Darín es que siga trabajando en Argentina, que el cine estadounidense no haya importado a precio de oro una personalidad como la suya.

Un cuento chino, dirigida por Sebastián Borensztein, es una película más amable que agria, digna y creíble, un cuento con origen triste que se empeña en hacer reales conceptos tan anticuados como la compasión y la solidaridad, el retrato de una soledad elegida que no se ha enquistado en la indiferencia ni en el egoísmo. Sus protagonistas son un chino desolado por esos accidentes absurdos que machacan la existencia, esas pérdidas afectivas que despojan de sentido al presente y al futuro, aislado y sin un peso en un país y un idioma que desconoce, y un ferretero solitario y disciplinadamente maniático, coleccionista de noticias extrañas que aparecen en los periódicos de cualquier parte, alguien que a pesar de sus imborrables traumas y sus permanentes fantasmas no ha perdido el sentido de la justicia ni la indignación moral, dispuesto a soltarle un cabezazo a la autoridad irrespetuosa y abusona, al proveedor que intenta estafarle mínima y cotidianamente en los negocios acordados, al cliente rompe-pelotas y melifluo.

La casual, surrealista y protectora relación que establecen a base de gestos, equívocos e intuiciones estos seres a la intemperie, aunque la del chino sea absoluta y la del ferretero disfrute de un refugio tan acorazado como patético, está bien contada. Igualmente, tiene mucho mérito por parte del director la creación de una atmósfera peculiar describiendo la desesperanzada vida y los rituales fijos de ese perdedor introvertido, cascarrabias con causa, secretamente tierno, generoso a su pesar, incapaz de dejar abandonado a su trágica suerte a un paria que va a alterar su sagrada intimidad.

No es una película retórica ni sensiblera, aunque el tema se prestara a ello. Tal vez le sobre el previsible desenlace a este cuento tierno, pero no está mal pensar que los desamparados afectivos pueden encontrar alguna vez un lugar en el sol. No suele ocurrir en la vida real, pero las ficciones se pueden permitir esa esperanza. Además, la taquilla siempre se lo agradece. Pero, sobre todo, está la interpretación de Ricardo Darín. Te hace comprender, respetar y querer a ese misántropo que no ha perdido el corazón.

jueves, 16 de junio de 2011

Compromiso con talento


Durante los primeros meses de este año he tenido la oportunidad de ver las grandes películas que nos trae el cine español. Pa negre (Pan Negro) es la gran ganadora de los últimos premios Goya y es, desde luego, una película que se puede dejar de recomendar.
Y también la lluvia proyecta una temática muy en boga que nos podría ayudar a comprender lo que pasa en Puno y en el Perú en general y, así, tratar de entender por qué el pueblo quiere un gran cambio. Una película con un mensaje clarísimo.
Los ojos de Julia una gran película de terror con la notable Belén Rueda (Madrid, 1965) siempre recordada por Mar adentro, el Orfanato y El mal ajeno (de Óscar Santos), también recomendada en este blog.




Acá el comentario del crítico Carlos Boyero: "Todo es irreprochable en Pa Negre" del director Agustí Villaronga.

Veo la abrumadoramente larga gala de los Goya en la casa de unos amigos españoles en Berlín. No son especialmente cinéfilos ni pierden el sueño por los esplendores, desdichas y crisis del cine español, pero tienen tal sentido de la cortesía y la generosidad que logran piratear la señal de Internet para que yo pueda observar de forma difusa en la pantalla de un ordenador lo que acontece en el Teatro Real y pueda cumplir con mi obligación. También me hacen heroica compañía en esa fiesta interminable que dura más de tres horas . Calculo que si existiesen todavía los espacios publicitarios en la televisión pública lo más probable es que hubiéramos llegado al amanecer.

Las imágenes que vislumbro a través de esa pantalla me quitan para siempre los deseos de aprender a ser corsario en Internet. Ver de esta forma películas, programas de televisión, series y partidos de fútbol no entra en mis anhelos masoquistas. Seguiré comprando DVD y discos al precio que me exijan los enfurecidos y estafados creadores. Nunca atentaré contra los sagrados derechos de autor. Jamás dejaré que me laven el cerebro los internautas ni que se apodere de mí el síndrome de Estocolmo, como aseguran los escandalizados sabios que le ha ocurrido a Alex de la Iglesia, ese chico que era tan querido y admirado por sus colegas hasta hace poco y que sufrirá el destierro de su hogar ancestral por traidor, por haber enloquecido repentinamente, por plantearse que la Ley de esa ministra tan lúcida a lo peor tampoco sirve para que el desagradecido público se enamore de nuevo del cine español (¿lo ha estado alguna vez?) y retorne a las depauperadas salas que le dan cobijo.

Escucho el ardoroso y emotivo discurso con el que se despide de la presidencia de la Academia el hijo pródigo y me parece que es sincero en su furia y en su tristeza, que está convencido de que o su familia artística cambia de rollo ante las exigencias de una revolución imparable o el negocio común se irá al infierno. Hay aplausos tibiamente educados para el apóstata. No le lanzan flechas ni tomates. Pero sospecho que Alex de la Iglesia va a quedarse muy solito a partir de ahora, que se acabaron las risas a sus gracias, las palmaditas en la espalda, el baboseo, el respeto fingido o real hacia su imaginativo cine y su desbordante personalidad.

La ceremonia empezó bien, con un numerito cantor y danzarín acaudillado por Luis Tosar que tenía bastante gracia. También con la habitual comicidad, inteligencia e ingenio que desprende el impagable presentador Andreu Buenafuente. Pero la cosa fue decayendo, yo al menos precisé una notable paciencia para aguantar hasta el final las expectativas, derrotadas por las inacabables dedicatorias de la mayoría de los premiados, por sketches que se empeñaban vanamente en despertar la carcajada.

Las cuatro películas que competían eran muy atractivas. Este año no se había colado ninguna mediocridad arropada por la capacidad de adhesión que generan las productoras que ofrecen continuo trabajo a sus encantados votantes. Que haya ganado Pa negre , ese veraz, complejo, hondo, violento, estético y sombrío retrato de las barbaries que pueden ocurrir en la posguerra, los abusos de los ganadores y la aterrorizada supervivencia de los vencidos, de la mezcla de luces y sombras que existen en las relaciones de poder, es irreprochable. Es la película más sólida y emotiva que ha rodado ese director siempre inquietante llamado Agustí Villaronga . El trabajo de Nora Navas, Laia Marull, Marina Comas y Francesc Colomer es impecable. También gratamente sorprendente en el caso de esos niños tan espontáneos y creíbles.

Biutiful, una película que a ratos me irrita, posee un imán muy poderoso y es la admirable interpretación, entregado en cuerpo y alma, de Javier Bardem.

Cuentan que el guión que escribió Chris Sparling en Buried dio infinitas vueltas por las productoras norteamericanas antes de que Rodrigo Cortés se obstinara en hacer una película apasionante sin salir de un atáud. Lo que le ocurre dentro de ese espacio claustrofóbico a una persona horrorizada está poderosamente descrito en su escritura. La idea es tan original como el desarrollo. Hubiera sido demasiado mezquino negar algunos incontestables medios técnicos a Balada triste de trompeta. Y entiendo la expresión desencantada de Iciar Bollain al ver que También la lluvia, dotada de razones para ser la favorita, tuviera que conformarse con premios menores, incluido uno bastante merecido a la breve y rotunda interpretación de Karra Elejalde, actor con cuyo histriónico arte casi nunca he logrado conectar. No puedo opinar todavía de Chico y Rita, pero es de esas películas que tengo inaplazables ganas de ver. Disfruté con la elaborada frescura, la atmósfera y las descripciones sentimentales que crea David Pinillos en Bon apetit.

Sospecho que vamos a echar de menos a Alex de la Iglesia al frente de esa cosa tan tortuosa llamada Academia de Cine. Al menos, debería de convencer a Buenafuente para que siguiera presentando los Goya.




COMPROMISO CON TALENTO. Crítica de Carlos Boyero.
Dirección: Icíar Bollaín. Países: España, Francia y México. Año: 2010. Duración: 104 min. Género: Drama.

A cualquier cinéfilo joven le resulta familiar que han existido ancestralmente géneros denominados comedia, terror, bélico o western (aunque este lleve mucho tiempo en estado de defunción) pero le puede sonar a marciana la certidumbre de que en una duradera época se prodigaron etiquetas tan prestigiosas como cine político, social y de denuncia. Y se preguntarán cuáles eran los imprescindibles requisitos para inscribirse en esas temáticas. También la fe en que el cine podía ser utilizado como un arma para cambiar el mundo. Los posmodernos, esos impostores que no inventaron nada aunque supieran tanto del vacío vendible, se partieron de risa años más tarde ante esos planteamientos entre naifs y apolillados del cine militante. Y como todo en la vida, en esos géneros con vocación de trascendencia convivieron lo mejor y lo peor, el planfletario necio y el retratista complejo, el voceador de consignas esquemáticas y el intelectual en posesion de matices y capacidad para sembrar la duda.

El guionista Paul Laverty, habitual colaborador para bien y para mal en el siempre identificable cine de Ken Loach, y la directora Iciar Bollain, representan dos visiones del mundo, sensibilidades, formas de acercarse a la realidad, que estaban destinadas a encontrarse. El resultado en También la lluvia destila cosas buenas, matices, verosimilitud, sentimiento, las mejores esencias de ese cine político que dejó de estar de moda hace tanto tiempo.

Cine dentro del cine

Hay varias historias en esta película, incluida esa tan arriesgada del cine dentro del cine. Todas ellas funcionan. adquieren sentido al mezclarlas. Está la del rodaje en Bolivia de una concienciada película que reconstruirá el expolio y la legalizada barbarie que sufrieron los indígenas cuando las carabelas de Colón desembarcaron en América, la rebelión de éstos ante el tributo en oro que les exigen los civilizados depredadores, la protesta ante la voracidad de los colonizadores y la indefensión de los nativos del cura Bartolomé de las Casas. Le acompaña el retrato sicológico de la gente que está haciendo esa película, sus relaciones con la población indígena que actúa como secundaria y extra a precios tercermundistas, los tormentos internos y las dificultades externas para lograr que esa ficción que reconstruye un pasado atroz pueda llegar al final en medio de las tensiones ambientales, el dilema y el desgarro del posibilista productor, el angustiado director y los acojonados o dignos actores protagonistas al ser obligados por las circunstancias a tomar partido entre el arte y la realidad. La tercera historia se centra en el grito popular y las manifestaciones en Cochabamba contra la privatización del agua concedida a una multinacional, acaudillada por un indio que interpretaba en la película al lider indígena que se sublevó contra los invasores españoles.

El tema es suculento para las tentaciones de maniqueísmo, algo contra lo que no tengo prejuicios si es inteligente, si logra convencerme de que existen los buenos y los malos. Pero aquí tampoco aparece. Sí las luces, sombras, dudas, miedos, huidas, miserias, coraje , paradojas y contradicciones de los que pretendiendo denunciar mediante el arte atrocidades del pasado descubren que en la vida real y en su presente se está repitiendo la antigua tragedia de los eternos perdedores.

También la lluvia es algo más que un retrato digno acompañado de inmejorables intenciones. Es una buena y compleja película. Iciar Bollain cree en lo que está contando y lo sabe transmitir con talento.




LOS OJOS DE JULIA de Guillem Morales (una presentación de Guillermo Del Toro).
Boyero no gusta de este largometraje, es más cree que es una gilipollez: "Me parece directamente infame. Es de estas películas que cuando pretenten asustarte, te ríes. Belén Rueda es una mujer bellísima con algo especial, una de las grandes sorpresas del cine español. Pero en esta película todo me parece increíble".

jueves, 14 de abril de 2011

El mal ajeno (de Óscar Santos)


La cinta cuenta la historia de Diego, un médico tan acostumbrado a manejar situaciones límite que se ha inmunizado ante el dolor ajeno. El intento de suicidio de Sara, una de sus pacientes, hará que su compañero sentimental señale a Diego como responsable directo de lo ocurrido. Durante un inquietante encuentro, Diego es amenazado con una pistola. Horas después, sólo recuerda el sonido de una detonación y la extraña sensación de haber recibido algo más que un disparo.

El encierro (de Tommy O'Haver )



El encierro (Un crimen americano), basada en la historia de Gertrude Baniszewski, una ama de casa de los suburbios que, en los años sesenta, secuestró y mantuvo a una niña encerrada en el sótano en su casa de Indiana. Allí la sometió a todo tipo de torturas, e incluso instó a sus seis hijos y a varios vecinos a que participaran de este juego macabro.

Datos de la historia real (Wikipedia):

Sylvia Marie Likens (1949-1965) fue una víctima de asesinato, tortura y violación de Indianápolis, Indiana (Estados Unidos). Fue torturada hasta la muerte por Gertrude Baniszewski y sus hijos, así como varios jóvenes y niños del vecindario. Aunque muchos vecinos admitieron haber oído gritos y lamentos procedientes de la casa de Baniszewski, no avisaron a la policía porque ellos consideraban que era mejor no entrometerse. Cuando se dio a conocer el caso de Sylvia Likens en Estados Unidos, el país entero quedó horrorizado. Los médicos forenses describieron el caso como "el caso de abuso físico más terrible del estado de Indiana". En su honor, hay un pequeño monumento con su foto colocado por orden del Departamento de Policía de Indianápolis.

En junio de 1965, Jennifer y Sylvia Likens fueron dejadas al cuidado de una ama de casa llamada Gertrude Baniszewski, una señora asmática con seis hijos (de diferentes padres) a quien habían conocido pocos días antes en la Iglesia. Sylvia era una muchacha callada y agradable a la que todos querían, que además ayudaba fregando los platos y planchando. Su hermana Jennifer también era muy callada, y había nacido con una pierna encogida, que había ido avanzando hasta llegar a poliomielitis. A pesar de su discapacidad, se las arreglaba para bailar y montar en patineta. Sus padres, Betty y Lester Likens, pagaron a Baniszewski unos muy necesitados 20 dólares a la semana por cuidar de las niñas, y quedaron convencidos de que Gertrude cuidaría de Sylvia y Jenny como de sus propias hijas. Al principio, todo iba bien, y las chicas parecían llevarse bien con los chicos Baniszewski. Tal vez el primer aviso del horrible crimen que iba a ocurrir después fue exactamente después de siete días de su llegada, cuando los 20 dólares llegaron con un día de retraso. Entonces, Baniszewski llevó a las niñas al sótano y les dijo: «Bien, perras, he cuidado de vosotras durante una semana por nada. El cheque de vuestro padre no ha llegado». Cuando Sylvia intentó explicar que seguramente el dinero se había retrasado, Gertrude ordenó a ambas que se inclinaran sobre una cama, se quitaran la falda y ropa interior y las azotó con una pala en las nalgas. Como Jennifer tenía poliomielitis y era la más pequeña, Sylvia propuso a Gertrude que la castigara a ella en vez de a su hermana pequeña. Baniszewski accedió.

Después de una semana, Betty y Lester Likens vinieron a visitarlas. Nadie se quejó y los Likens se marcharon contentos. A partir de entonces, Baniszewski y sus hijos, así como varios adolescentes del barrio, empezaron a abusar física y psicológicamente de Sylvia. En realidad no podía soportar a las chicas, pero sobre todo a Sylvia, a quien acusaba de ser una sucia y una promiscua. Un día, Gertrude le preguntó a Sylvia por qué pasaba tanto tiempo en la tienda de alimentos donde trabajaba. Likens explicó que había encontrado botellas de soda vacías y que las estaba llevando a la tienda para ganar unos cuantos centavos extra. Baniszewski no le creyó y la obligó a desnudarse completamente e introducirse una botella de Coca-Cola en la vagina delante de todos sus hijos y de Jenny. Este suceso, en la vida real, ocurrió dos veces. La primera vez la botella se rompió estando en el interior de la niña y los cristales rotos le desgarraron las paredes vaginales. Cuando esto ocurrió, todos menos Jennifer estallaron en risas y aplausos, mientras Baniszewski no paraba de fumar. También le pegaba muy a menudo con una paleta de casi un centímetro de espesor. Cuando ella se cansaba de esa tarea, cedía el derecho a manipular la paleta a su hija mayor, Paula. Paula Baniszewski tenía 18 años y era obesa. Pesaba 86 kilos. Paula pegaba a Sylvia varias veces al día.

A la hora de cenar, Sylvia generalmente no comía nada. Se limitaba a observar como los demás comían. En muchas ocasiones, su hermana Jenny robaba disimuladamente un poco de pan para ella, pero tenía tanto miedo a Gertrude que nunca se atrevió a desafiarla. Una vez, Sylvia tuvo que quitar a Paula su traje de educación física, ya que sin él no podía dar la correspondiente clase de gimnasia. Cuando Gertrude se enteró, mandó a su hija Stephanie, una prostituta, y a su novio, Coy Hubbard, a arrojarla por las escaleras del sótano. Sylvia recibió un fuerte golpe en la cabeza y permaneció inconsciente durante casi dos días. Coy Hubbard, quien tenía 15 años y era el novio de una de las hijas de Gertrude, pesaba 85 kilos y medía casi dos metros. Se convirtió en uno de los peores tormentos de Sylvia. Era una especie de experto en judo y le encantaba lanzar a la chica por el aire. En el sótano de los Baniszewski, había un viejo colchón, que se suponía que le proveería a Sylvia un suave aterrizaje. Coy, generalmente, calculaba mal, y Sylvia aterrizaba con un crujido en el suelo de cemento. Todo el mundo se reía. Nadie, incluyendo a Jenny, hizo nada al respecto. De hecho, todos, menos Paula, parecían deleitarse con su comportamiento.

El 28 de julio de 1965, el reverendo Roy Julian pasó a saludar. Se fue bastante preocupado por la señora Baniszewski, pues en su condición era difícil soportar tal contingente de niños. La señora Saunder, enfermera de salud pública, hizo una llamada. Gertrude explicó que una de las niñas a su cuidado, Sylvia Likens, era una prostituta y estaba corrompiendo a sus hijos. La señora Saunders se compadeció, pero nunca volvió a llamar. Una vez, Sylvia orinó en su cama sin darse cuenta. Esto fue porque la niña recibia de castigo patadas entre las piernas, y de tantas patadas perdió el control de su vejiga. Gertrude, enfadada, volvió a introducirle la botella de Coca-Cola en la vagina, aunque esto era algo ya habitual para Sylvia. Entonces, Baniszewski decidió que Sylvia no estaba a la altura para dormir arriba con el resto de la familia. El sótano y el colchón serían lo suficientemente buenos para ella. A partir de entonces, Sylvia sólo se alimentó de una pequeña porción de agua y galletas saladas a la semana. También fue torturada y obligada a comer sus propias heces. La muchacha se desnutrió y deshidrató. De vez en cuando, los chicos Baniszewski la sumergían en baños excesivamente calientes. Cuando salía, su piel estaba irritada y roja por el calor. Una vez se desmayó en la bañera y fue sacada por el pelo. En un momento dado (muy difícil de señalar según los médicos forenses), Sylvia dejó de resistirse a sus castigos. Entonces, la señora Baniszewski le arrancó la blusa y los pantalones cortos, que es el estado en el que se quedaría Sylvia durante el tiempo de vida que le quedaba allí. A John Baniszewski Jr., a pesar de tener sólo trece años, le gustaba escuchar los dolorosos gritos de Sylvia cuando le pegaba patadas o apagaba los cigarrillos de su madre en los brazos, piernas o estómago de Likens. También gozaba al darle puñetazos en el rostro, golpearle el vientre o patearle y pisarle la cara mientras estaba en el piso.

A Ricky Hobbs, un muchacho del barrio de Indianápolis, le había gustado Sylvia desde el momento en el que llegó, pero ella le rechazó y empezó a salir con otros chicos, lo que le produjo un gran odio hacia ella. En varias ocasiones, él y Coy Hubbard ataban a Sylvia Likens a una viga de madera que había en el sótano, después de una gran cantidad de golpes que le propinaban ambos. En una ocasión, Richard Hobbs acogotó a Sylvia durante tanto tiempo que todo el mundo pensó que se había muerto. Durante ese largo período, la señora Baniszewski contó por todo el vecindario que Sylvia era una prostituta, lo que causó que los vecinos no la miraran con buenos ojos. Luego obligó a la niña a escribir varias cartas donde detallaba escabrosos asuntos sexuales y confesaba que era una prostituta. Gertrude dijo además que Sylvia no había hecho más que causar problemas desde que llegó a su casa y que era una muchacha inmanejable, y que justamente por eso la había enviado al Reformatorio de Indiana. Los vecinos y vecinas que vivían a lado de la casa de la señora Baniszewski oían gritos, lamentos, gemidos y golpes, pero no hicieron nada al respecto porque pensaron que era mejor no meterse en problemas.

El hogar de los Baniszewski era el punto de encuentro de muchos chicos y chicas del barrio. Cuando varios jóvenes observaron que Sylvia soportaba el abuso al que era sometida, ellos también comenzaron a mofarse de ella y a aplicarle castigos físicos. Los chicos la mordían, besaban, acosaban, intimidaban, y abusaban de ella sexualmente. También traían a sus respectivas novias y a varios amigos, que también se reían de ella. Nunca pensaron que la broma iba a llegar tan lejos. Cuando en el juicio se les preguntó por qué habían hecho eso y por qué no habían ayudado a Sylvia, todos contestaron lo mismo al fiscal: «No lo sé, señor». Frecuentemente, estos otros invitados también decidían participar en los tormentos a la niña. Alguien hizo un dibujo de la niña poniéndole cuerpo de mujer y una posición sexualmente explícita. Este dibujo circula hoy día por Internet. Pocas semanas antes de su muerte, Gertrude, con una aguja al rojo vivo, escribió en el abdomen y estómago de Sylvia: «Soy una prostituta y estoy orgullosa de serlo». A mitad del trabajo se cansó, pero Ricky Hobbs continuó el trabajo por ella mientras John Baniszewski Jr. le sujetaba los brazos a Sylvia Marie. A la mitad de penúltima palabra, la aguja dejó de quemarle la piel, por lo que Hobbs empezó a hacerle cortes en vez de rozar la aguja en la piel para escribir. «¿Qué harás ahora, Sylvia?», musitó Gertrude con la mirada fría. «¿Qué harás? Ahora ya no podrás mostrarte desnuda ante ningún hombre sin que te vea la marca. Ahora ya nunca podrás casarte. ¿Qué vas a hacer?». El mayor castigo para aquella mujer, más allá de las torturas, de las palizas, de las humillaciones, parecía ser el no permitir a la muchacha que se casase, el dejar que viviera sola -como ella- para siempre. Esa tarde, Coy Hubbard pasó por la casa. Golpeó a Sylvia en la cabeza con un palo de escoba, dejándola inconsciente. Pocos días antes de la muerte de la muchacha, ella intentó escaparse. La descubrieron y fue duramente castigada. Su hermana Jennifer Likens fue obligada a abofetearle la cara hasta que estuviera completamente roja. El día anterior a la muerte de Sylvia Likens, Paula Baniszewski le dio a Sylvia su tratamiento especial: le pasó sal por todas sus heridas. A la mañana siguiente, Sylvia estaba casi incoherente. Tenía moretones, cortes y heridas de todo tipo por todo el cuerpo, hedía a causa de la falta de aseo, las cicatrices de quemaduras resaltaban por todas partes de su piel y hablaba sobre irse con sus padres y alcanzarlos en la feria donde se encontraban. Gertrude decidió que debía mojarla con la manguera. Una manguera de jardín fue llevada hasta el sótano. Todo el mundo se rió mientras el agua salpicaba sobre el demacrado cuerpo de Sylvia Likens. Ella no se movió. No pudo hacerlo. Estaba muerta.

Richard Hobbs fue quien llamó a la policía con la vaga noción de que le harían el boca a boca y ella resucitaría milagrosamente, quedando ellos como héroes, y que todo estaría bien. Al ver el cuerpo, los oficiales y médicos declararon que el de Sylvia Likens era el peor caso de abuso físico que habían investigado en la historia del estado de Indiana. Sylvia Likens murió por hemorragia cerebral, shock y desnutrición.
Juicio

En el juicio, los adolescentes y niños del barrio aceptaron su culpabilidad y detallaron los castigos a los que habían sometido a Sylvia. Gertrude Baniszewski intentó librarse de la cárcel cargando toda la culpa en sus hijos y los adolescentes del barrio, aludiendo que ella no sabía nada de lo que ocurría en el sótano, pero todos los niños declararon lo mismo sobre Baniszewski: ella alentaba la tortura y participaba en ella. Jennifer Likens declaró lo mismo.

La mayoría de las personas que fueron invitadas a ver cómo torturaban a Sylvia, terminaban maltratandola también, la humillaron y violaron, y ellos parecían deleitarse con todos esos gritos de dolor y querían también maltratarla, en el momento del juicio, el fiscal les preguntó el porqué de su actitud, por qué maltrataban también a Likens, por qué no hicieron nada para ayudarla, todos contestaron que no sabían, ninguno de ellos supo justificar su actitud.
Condenas

* Gertrude Baniszewski fue hallada culpable de asesinato en primer grado y sentenciada a cadena perpetua. Se le recluyó en la Prisión de Mujeres de Indiana. Obtuvo su libertad condicional el 4 de diciembre de 1985, luego de estar veinte años en prisión. Poco antes de morir en 1990, Gertrude Baniszewski aceptó finalmente su culpabilidad, responsabilizando a sus problemas personales y a una serie de medicamentos que ingería, por sus actos criminales.

* Paula Baniszewski fue hallada culpable de asesinato en segundo grado y sentenciada a cadena perpetua. Obtuvo su libertad condicional el 23 de febrero de 1973, luego de servir siete años en prisión. Tuvo una hija en ese mismo año y la llamó Gertrude.

* Coy Hubbard fue hallado culpable por homicidio impremeditado y sentenciado a 21 años de prisión. Se convirtió en un delincuente y volvió a la cárcel con frecuencia.

* Richard Hobbs fue hallado culpable por homicidio involuntario y sentenciado a 21 años de prisión. Murió a los 20 años de cáncer de pulmón.

* John Baniszewski Jr., pese a tener trece años de edad, fue sentenciado a cumplir 21 años de cárcel; fue el preso más joven del reformatorio de la historia de ese estado. Tras cumplir su condena, se convirtió en pastor laico, para contar su historia.

* Stephanie Baniszewski fue hallada culpable por cómplice y fue sentenciada a cumplir 12 meses en prisión. Ella junto con Coy Hubbard arrojaron a Sylvia por las escaleras del sótano, lo que le produjo una hemorragia cerebral.


Una esposa de mentira (de Dennis Dugan)


Una buena comedia con Adam Sandler y Jennifer Aniston:

"Una Esposa de Mentira” (Just go with it), es una comedia romantica protagonizada por Adam Sandler y Jennifer Aniston. En está, Danny (Sandler) es un cirujano plastico el cual finge estar casado y el cual se encuentra pasando a la vez por momentos muy tormentosos en su relación para así ganarse la lástima y compasión de bellas mujeres. Para así al final terminar consiguiendo algo más que un beso por parte de ellas. En una fiesta, Danny se topa con Palmer (Brooklyn Decker) y cree que ella será con quien pase el resto de su vida, sin embargo ella encuentra en un bolsillo de Danny un anillo de compromiso y se niega a seguirlo viendo si no es que este le explique convincentemente una razón por la cual él portaba con el anillo (ya que lo conocio sin este). Ahi es cuando entra Katherine (Jennifer Aniston) quien trabaja con Danny y cae en el chantaje de este y se hace pasar por la próxima ex esposa del mismo…a partir de ahí una serie de eventos y confusiones se comienzan a dar en el resto de la cinta".

El arca rusa / Padre e hijo (de Alexander Sokurov)

Copio un artículo de www.cineismo.com sobre Alexander Sokurov:

No es incondicional mi admiración por Sokurov. Después del deslumbramiento de Madre e hijo, encontré su filmografía muy despareja y Taurus, una frustración. En Padre e hijo volví a apreciar la veta intimista, que explora con excelentes resultados. Y entre sus mediometrajes documentales, en Una vida humilde logra un retrato hermoso y conmovedor, que no consigue en Dolce. Pero siempre es interesante su elaboración sobre la imagen, la fotografía, el plano, por eso celebro el estreno de El arca rusa, una de las películas más originales y creativas en lo que va del (pobre) 2003.

La primera referencia obligada es acerca de su aspecto técnico, pues se trata del primer film en toda la historia del cine íntegramente filmado en una sola toma; es decir que se rodó en los 96 minutos de tiempo real en que transcurre la película, sin un solo corte, sin montaje alguno. Esto supera el ya paradigmático ejemplo de Festín diabólico (o La soga) de Hitchcock, que fue filmada en la que se supone es una toma, aunque en realidad Sir Alfred tuvo que cambiar de rollo varias veces, disimulando los cortes. La tecnología digital ha hecho posible que Sokurov filmara sin cortes y en alta definición: la cámara al hombro mandaba toda la información a un disco rígido con una calidad de imagen muy superior a la del video convencional, y se la transfirió más tarde a un negativo de 35 milímetros.

Pero no es aconsejable distraerse con el virtuosismo técnico del film: El arca rusa es un homenaje al museo del Hermitage de San Petersburgo y a la Rusia zarista. Y constituye además un maravilloso monumento visual que excede todo contenido ideológico o referencia a la tecnología.

El museo del Hermitage ocupa hoy un conjunto arquitectónico compuesto por varios edificios imperiales que incluyen el Teatro Hermitage y el Palacio de Invierno que habitaban los zares en los siglos XVIII y XIX, obra de Pedro el Grande, y donde Catalina II colgó su colección de pinturas en 1764. Allí tuvo lugar la revolución bolchevique de octubre de 1917, allí se soportó durante casi tres años el sitio de los nazis a la ciudad, y hoy es uno de los museos más importantes del mundo. San Petersburgo cumple 300 años y Sokurov le rinde homenaje en este film.

Su cámara entra al museo por una puerta trasera y desde allí, con muy pocos momentos de reposo, recorre pasillos, sube y baja escaleras, atraviesa más de treinta salones, vuelve sobre lo recorrido, todo en un único plano secuencia. Pero el viaje no sólo es espacial, sino que en ese mismo plano recorre los últimos 300 años de la historia de Rusia, que tuvieron en ese Palacio su centro de poder. Como en muchos de sus films, la imagen aparece acompañada por un narrador o una voz en off, la de un personaje de nuestros días preguntándose qué hace en ese lugar, poblado por gran cantidad de personajes vestidos como en épocas pasadas. Nadie parece percibirlo, excepto un hombre cuyo traje denota que no es contemporáneo del resto. Se trata de un noble y diplomático francés, quien se muestra tan sorprendido como el narrador –cuyo punto de vista comparte la cámara, o el mismo Sokurov– de hallarse en esos salones, y de hablar ruso. Esa suerte de Virgilio confundido lo guía por los distintos círculos o salones del Hermitage que conforman este arca rusa, reservorio de las creaciones, del espíritu y la identidad de un país. ¿Se trata de un sueño? ¿Son fantasmas? La cámara-narrador y su interlocutor comparten un recorrido espacio-temporal, mientras cruzan filosos e irónicos diálogos sobre la historia y la mentalidad rusas. Los tesoros artísticos que desfilan ante nuestros ojos son notables: varios Rembrandt, El Greco, Van Dyck, pintura medieval, italiana, la lista es interminable. El viaje temporal no sigue un orden cronológico, sino que las distintas capas del pasado se extienden, se pliegan, se superponen. Vemos en escenas privadas a Pedro el Grande, fundador de la ciudad, a la emperatriz Catalina II la Grande supervisando el ensayo de una obra de teatro, a Nicolás I en una ceremonia diplomática con toda su plana mayor, al último zar, Nicolás II, desayunando en familia mientras afuera estalla la revolución, y estas escenas alternan con momentos del siglo XX y XXI: en una ocasión, los itinerantes acceden a un salón en el que personas actuales, reales, visitan el museo y contemplan sus cuadros mientras el francés dialoga con ellos; en otra oportunidad, atraviesan una puerta prohibida y se encuentran en un exterior helado, donde un carpintero fabrica su propio ataúd, rodeado de ruinas y marcos sin telas (esa fue la época socialista, cuando San Petersburgo se llamaba Leningrado; esa fue la guerra). Los distintos momentos históricos se suceden fluidamente sin orden lógico, a la manera de un sueño, o al modo en que en una misma pared del museo conviven cuadros de épocas diferentes.

Para concretar su proyecto, Sokurov convocó a tres orquestas y más de mil actores y extras que ensayaron durante varios meses con la colaboración de 22 asistentes de dirección, quienes marcaban a cada paso la entrada y salida de los actores, a lo largo del recorrido de la cámara, que en ocasiones vuelve sobre sí misma en giros de 180º grados. Un mecanismo de relojería, que funcionó como tal. El director de fotografía y operador de steadycam es el alemán Tilman Büttner, fotógrafo de Corre Lola corre, otro tour de force camarográfico.

El viaje culmina en 1913, en un baile de gran gala en el que participan cientos de personajes en una coreografía majestuosa, al son de la música de Glinka.

Más allá de lo novedoso de su realización, el interés por El arca rusa radica en que continúa las inquietudes intelectuales de Sokurov. Discípulo declarado de Tarkovski, prosigue en este film las investigaciones sobre las posibilidades de la imagen, que había dado planos tan sorprendentes en Madre e hijo. Por otra parte, Sokurov es un romántico que vuelve a reflexionar sobre la historia de Rusia (estudió Historia en la universidad), como antes en Moloch –sobre el ocaso de Hitler–, Taurus –los últimos días de Lenin y su tensión con Stalin– y en Voces espirituales –crítica de la presencia soviética en Afganistán–. En esta oportunidad, el cineasta no oculta su nostalgia por la época zarista, y su espíritu crítico hacia el período socialista; además cuestiona la dependencia rusa de la cultura europea y reflexiona sobre su lugar de tensión entre Europa y Asia: “los rusos no tienen ideas propias (...) No me gustan los uniformes”, se escucha mientras vemos desfilar cientos de ellos por los salones del Hermitage, denotando la importancia de la oficialidad rusa durante el sistema zarista. El pueblo, mientras tanto, como todo orgánico, está ausente. Cuando salimos del museo, en una maravillosa e hipnótica procesión de cientos de uniformes y damas de la corte que dejan atrás una era que se acaba, y esperamos ver las calles transitadas, es el mar lo que encontramos. En ese mismo Palacio de Invierno, Sergei Eisenstein había filmado Octubre, su tributo a la revolución de 1917. El film de Sokurov se instala en el otro extremo, no sólo en cuanto a las cuestiones de montaje, sino a la posición ideológica: ahí está –entre otros– ese “momento perfecto” en que las hijas del zar corren bellísimas, idealizadas como ninfas, por los pasillos del Palacio. Al director no le preocupan las acusaciones de reaccionario que llueven sobre él.

Otro tema que reitera es su interés por el arte: el recorrido de los museos ya había tenido una primera aproximación en Elegía de un viaje, que culminaba con la visita a un museo de Holanda y fue una suerte de ensayo de El arca rusa.

Y por fin el tratamiento del tiempo, protagonista del film junto con el espacio, continúa las exploraciones temporales que aborda de una u otra manera en toda su obra. El film transmite la sensación que se tiene cuando se entra en cualquiera de los grandes museos de Europa: el pasaje a otra realidad, a un tiempo otro que el presente cotidiano. En lugar de la representación indirecta del tiempo que construye el montaje, todo este film constituye una imagen-tiempo en la que presente y pasado conviven simultáneamente. Se siente el fluir del tiempo en el plano, para usar palabras de Tarkovski. Un tiempo que tal vez nos lleva a una catástrofe. No es casual que la película termine disolviéndose en la imagen del mar rodeando el Arca, mientras el narrador dice resignado: “Estamos destinados a navegar para siempre.”

Josefina Sartora